PEDRO DE SILVA
Más de una vez he dicho, en círculos limitados y en tono de broma, que Asturias en realidad es una nación de naciones. El tono de broma utilizado era, en estos casos, meramente funcional: hay ideas que sólo pueden entrar en la cabeza del interlocutor, y ser pensadas dentro de ella, si se plantean como broma, pues si se hace en serio resultarían rechazadas de antemano, aparte del descrédito en que caería su promotor.
En mi acepción lo que mejor caracteriza una nación es su perseverancia en la historia: su empeño en seguir siendo más o menos lo que es, como pueblo, su capacidad de adaptarse a las cambiantes circunstancias políticas sin perder cohesión, y su capacidad para resistir la erosión del tiempo sin perder carácter. El hecho de que una nación, así entendida, sea al propio tiempo Estado, Comunidad Autónoma, Provincia, o incluso, en términos políticos o administrativos, nada, es algo que puede importar más o menos, pero no resulta en modo alguno definitorio de la idea de nación. Hay grandes naciones en el mundo que se han pasado siglos, y hasta milenios, sin plantearse cosas como la soberanía. Incluso cabría considerar a las naciones tanto más hechas y derechas cuanto menos sientan la necesidad, para aguantarse en pie, de las muletas soberanas.
Podríamos ver, así, a Asturias como nación (en el interior, desde luego, de otra más grande) pero quizás también, dentro de la nación astur, tendrían entidad nacional bastantes de sus concejos. Estas cosas se perciben sobre todo cuando una parte de la nación astur migra fuera del territorio patrio: de forma casi inmediata la colonia planta allí sus reales, con enseñas varias, incluida la deidad femenina autóctona, y se hace notar, pero casi siempre, a la vez, dentro de la colonia aparecen agrupaciones de las distintas naciones asturianas. A fin de cuentas si los Astoures de que hablaba Estrabón hace más de veinte siglos siguen más o menos donde estaban (o en una parte), no es raro que los 22 pueblos Astoures, mencionados por Plinio, sigan igualmente en su sitio, a un lado y otro de la Cordillera.
Todo esto vale para aproximarnos al asunto que hoy toca, que es el de Gijón y su historia. En mi opinión dentro de la nación astur Gijón no sería propiamente una de sus naciones, sino un cantón. Un cantón es un resto, lo que queda, un territorio que resiste y no se deja engullir por el que le rodea. La etimología de «cantón» nos lleva tanto a un gran pedrusco, separado de la roca, como a una esquina, un extremo de otra cosa. Un cantón es, en última instancia, un problema de familia irresuelto, y siempre hay en el espíritu del cantón una ambición frustrada, algo que el cantón quiso ser y no fue, pero que persevera, al menos como vacío, como hueco, como ansiedad, y acaba cristalizando en una rara dignidad, la de seguir en lo suyo y no rendirse jamás. Los gijoneses, lo confesemos o no, participamos de la pasión irredenta de Gijón, de su ambición fallida, que hemos de explicitar de una vez, por si hiciera falta: la de ser, al fin, cabeza de la nación astur; aunque ya se sabe que las pasiones irredentas, si un día llegan a redimirse, hacen perder vigor, y hasta a veces el redimido pierde razón de ser. Tal vez si un día cualquiera de las llamadas nacionalidades históricas -ninguna, por cierto, tan histórica como Asturias- alcanza la meta soñada hacia la que corre, se quede sin ganas de correr y sin sueños.
¿Tienen los cantones historia, en el sentido de historia oficial? En general, no. El caso de Gijón, una ciudad poco historiada y no muy novelada (aunque este aserto esté en revisión), puede ser revelador al respecto. El espejo de la historia no ofrece unos perfiles claros, ni siquiera una continuidad identificable. Sin embargo ese mismo desvanecimiento en el espejo histórico nos da, por paradoja, los perfiles del cantón: un enclave marginado en la historia de la región de la que forma parte, una singularidad para la que no se encuentra sitio.
Bien mirado, en la historia de Asturias, Gijón es un error, pero su terca perseverancia como error nos ofrece un hilo conductor de sus trazas y su personalidad. Podríamos pensar que los ancestros cilúrnigos eran un pueblo singular dentro de los Astures, que tal vez pactaron con Roma una arribada conveniente para todos, mientras otros pueblos fomentaron la resistencia, primero feroz y luego larvada. Cabría interpretar asimismo en esa clave de singularidad la efímera capitalidad musulmana, y el sorprendente traslado de la corte cristiana de Cangas de Onís a Pravia, sorteando Gijón, una ciudad amurallada, óptima para ser el asiento del nuevo Reino. Es una maldición que persiste siglos más tarde, cuando el rebelde conde Alfonso intenta reeditar la gesta de su padre, el bastardo que instauró una nueva legitimidad. Su fracaso supone la destrucción de las murallas. ¿No es mucho después Jovino, tratando de crear unos estudios útiles de náutica y mineralogía, frente a la especulación teológica y humanística de la Universidad de Oviedo, otro chispazo de la vieja rebelión, nunca extinguida? Incluso, dando otro enorme salto, podríamos descubrir la singularidad gijonesa en el predominio anarcosindicalista en la gran erupción asturiana del siglo XX, que es el protagonizado por el movimiento obrero.
La historia verdadera es siempre aquella que se ha impuesto como historia oficial, o sea, como historia. La historia dota de prestigio y de ilación a unos hechos, los enhebra, funde, acrisola y ennoblece. Decir grandeza histórica es una redundancia: toda historia se pretende grandiosa, con razón o sin ella. La historia de Asturias es la de la resistencia contra Roma, la rebelión contra el Islam, la construcción de un Reino con ínfulas de Imperio, la fundación de un Principado, la creación de un Alma Máter próxima en todo al cabildo catedralicio, y hasta la enorme gesta de la efusión revolucionaria, un último episodio signado una vez más por la desproporción entre medios y fines. Desde ese punto de vista la de Gijón sería la no-historia, o, si se quiere, la otra historia: una historia sin epos, sin un relato originario periódicamente renovado. Quizá los ancestros gijoneses pactaron con Roma, tal vez dieron con una fórmula para convivir con el Islam -lo que a su vez les marginaría en cierto modo en el Reino de Asturias- tuvieron desde luego, con Jovino y su Instituto, un genuino brillo de la Ilustración que trató de ensombrecer el de la levítica Oviedo, y en la Guerra Civil, siendo al fin capital, no se dejaron seducir, sabiamente, por la tentación de hacer de ella una Numancia al final de la heroica resistencia de Asturias en la Guerra Civil, gesta grande e innegable.
Esa marginalidad en la historia oficial de Asturias, que va de gesta en gesta, es justamente la que permitiría acometer, como propia, la historia de Gijón. No deberíamos verla, pues, como un fragmento, o el reflejo en un lugar de la historia común, afinando en él los pormenores del relato general, a modo de lente de aproximación, sino como una historia posible que corre paralela, una sombra, un fantasma. Al menos es el punto de vista que propongo, coincida o no con el de los autores de los textos. En última instancia, el propósito de urdir una Historia de Gijón con la ambición con la que bajo la dirección de Javier Rodríguez Muñoz se hace ahora, e iniciada con la frase «Érase una vez...» -tan denotativa del momento inaugural de un relato- podría verse, en si mismo, como otro afloramiento de la pulsión profunda de este cantón raro, enigmático y maravilloso, insolente aunque jamás insolidario, esquinado pero sin esquinas, periférico en la periferia y a la vez central -centro de su mundo- y que por eso mismo, desde otros centros, parece siempre descentrado.