J. C. GEA
El recuento de calorías per cápita por regiones acaba de coronarnos como los comensales más rumbosos de España. Esto, que para mi abuela hubiera acarreado la euforia de un oro olímpico, y que hace sólo unos años hubiese connotado bienestar, riqueza y posición contra el fondo de un país de sopas de ajo y pan duro con pringue, será hoy sin duda motivo de preocupación y autoescarnio. Nos pasamos con los lípidos, abusamos de los lácteos, lo nuestro con los cárnicos es, más que gula, lujuria y abominamos de los vegetales porque estamos empeñados en seguir manteniendo que todo el campo es berza. En el otro extremo, los murcianos acreditan la condición de «barrigas verdes» con la cual se les motejaba, en otro tiempo, en su vecindad regional; y yo debo admitir que -con ancestros murcianos como tengo- me vine con un adiestramiento en la ingesta de verdura que genera incomprensión general aquí y que sigue siendo lo único que, a estas alturas, me hace sentir realmente lejos del origen. No consigo ver a una acelga, a una espinaca, a una alcachofa, como al enemigo.