J. C. GEA
Atina Pedro de Silva en la definición de algunas de las fuerzas estructurales y cohesivas que configuran este peculiar cantón que cilúrnigos y romanos empezaron a levantar sobre un pequeño finisterre, otro gran canto asomado al mar. Incluso sin necesidad de compartir los muy serios postulados que airea en tono de provocativa broma (o quizá sea al contrario), creo que puede convenirse que la ansiedad por algo que se quiso y casi se tuvo y aún casi se tiene al alcance de la mano, pero no se llega a alcanzar; la terquedad consagrada a la permanencia, que se convierte casi literalmente un enroque, y una pasión de lugar que incluso consigue enmascarar aquella melancolía en una forma de vitalismo zumbón y algo disperso, son emociones colectivas que se aplican de distintos modos en distintos momentos de la historia de Gijón, y que configuran su ser. Pero, claro, para poder venderse fuera hay que simplificar, porque lo anterior no vale como eslogan, y ahí nos basta con caricaturizarnos como salados y salerosos. Mientras no lleguemos a tomarlo en serio a la hora de autodefinirnos?