J. C. GEA
Por un día, ayer hubo que dejar de lado el humo de las incineradoras del futuro y los cementerios nucleares del porvenir, y atender a los nubarrones de cremaciones y a la irradiación de inhumaciones masivas venidos de un pasado demasiado cercano. Sesenta y cinco años de Auschwitz son aún una cota muy próxima para una fecha que -nunca se insistirá lo bastante en ello- señala un punto cero en la contabilidad, no sólo histórica, del mal originado por mano del hombre. A decir verdad, pasen los años que pasen, esa marca negra estará demasiado cercana como para ignorarla. Porque, al fin y al cabo, no es tanto una herida incurable en nuestra historia como género sino en nuestra misma naturaleza como hombres. De modo que, tratándose de un fenómeno natural que puede desencadenarse bajo ciertas condiciones, procede el recordatorio que ayer hacía el superviviente Jaime Véndor en estas páginas: en épocas duras, los nubarrones de Auschwitz pueden descargar de nuevo y en momentos de quebranto y agitación, del suelo de Auschwitz puede volver a brotar nuestra peor bestia.