FRANCISCO GARCÍA
Al paso de los años y con el poso de serenidad que otorga el magisterio de la experiencia, Enrique Castro, Quini, suele salpicar de cordura a sus ya poco frecuentes declaraciones públicas. Días atrás, en el homenaje que le tributó la peña El Brujo en Noreña, el mítico goleador, el nueve rojiblanco por antonomasia, dijo: «Ante todo somos asturianos y tenemos que llevarnos bien, seamos del Sporting o del Oviedo». No vino Michu, cuyo solo asomo a las redes sociales como probable sportinguista encendió una tea incontrolable en la enésima escaramuza de las cuitas cantonales, pero llega Lola, un serbio al que representa un bosnio y a quien en sus primeros días en Gijón lleva de la mano un croata. Hace pocos años, esas tres nacionalidades dirimían sus conflictos a cañonazos en el polvorín balcánico, pero por encima de los odios que nacen de la víscera se eleva la sutura de las cicatrices. El fútbol ha de servir para tender puentes, no para sembrar de minas los estadios y las gradas.