FRANCISCO GARCÍA
Hasta el rabo todo es toro y Carlos Zúñiga, empresario de El Bibio, volverá a saludar desde los medios otras tres temporadas, en agosteño paseíllo. Cada cual cuenta la feria de Begoña según le va y cada aspirante a gestor trató de rodearse de un corifeo que jaleara la bonanza de carteles que a día de hoy son pura entelequia, simple propaganda. A Zúñiga padre le han clavado durante los últimos meses -y al cuarteo- unos cuantos pares de banderillas desde el tendido ilustre de los que anteponen el toro al torero, sanedrín de notables que se parecen a esos ecologistas que, emboscados en el escenario rural, dan prioridad al bicho frente al paisano. El empresario de Valladolid, que tiene fama de no acochinarse en tablas, ha sabido explotar como mayor virtud conocer ya al dedillo los gustos de los aficionados gijoneses, más proclives al traje de luces que al trapío. Hay que darle al pueblo pan y circo, y al consejo de ancianos un encierro de Miura para que tenga de qué hablar en las tertulias. Y olé.