J. C. GEA
Leo la crónica de J. M. Ceinos sobre la presentación de la apetecible y meritoria «Historia de Gijón» que empezará a publicarse con este diario a partir de mañana, domingo, y la leo desde lejos y con envidia. Sin llegar a los extremos de esquivez del, ahora sí, divino Salinger, no es uno dado a este tipo de «soirées», pero hay que reconocer el atractivo de un acontecimiento que consiguió convocar a la mayor parte de las fuerzas fácticas de la villa: un acto vespertino de los de siempre; de esos que el canon prescribe en tarde inverniza, con gran aparato de abrigones y bufandas, y en el que los invitados actualizan afectos sinceros o fingidos, chanzas, confidencias de coyuntura, recordatorios, pullas o miradas asesinas, para después terminar en ronda de vinos y, si hay suerte, ronda de noche con personas y personajes a los que no se suele ver todos los días. Ese tipo de actos para la pequeña historia.