POR CUCA ALONSO
Por mucho que les diga a ustedes no alcanzarán a apreciar lo que aconteció anoche en la iglesia de San Lorenzo, una vez finalizada la misa vespertina. Había que estar allí. Se celebraba el memorial «Mateo Bullón», retrasado este año respecto al día de Reyes de ediciones anteriores, dirigido y organizado por Carlos José Martínez, un hombre del que puede esperarse todo respecto a la música. La lleva inoculada en sangre y la derrocha con tal arte, audacia y entusiasmo que sus resultados se desbordan en belleza, originalidad y buen gusto. No hay barreras para su creatividad.
El concierto, efectuado en un templo absolutamente lleno, tenía como atractivo principal al «Orfeón Gijonés», un conjunto coral que lleva varias temporadas manteniéndose en un magnífico nivel, al disponer de excelentes solistas y un correcto equilibrio entre sus cuerdas. El programa se dividía en dos partes, música sacra y profana, pero en realidad hubo mucho más. Al final, el resultado se resume en una extraordinaria sesión musical, colorista, variada, espectacular, premiada con interminables aplausos.
Abrió la velada el «Orfeón Gijonés» interpretando el «Ave, María» de Ángel Barja, un compositor muy admirado por Carlos José Martínez -incluso la obra de Ángel Barja ha servido de base a su tesis doctoral, que poco a poco ha ido dándonos a conocer-. Siguió a esta bella composición otro «Ave, María», éste, escrito por el propio Carlos José Martínez, precioso, ambas para coro. Del réquiem de Gabriel Fauré escuchamos el «Pie Jesu», en la voz de la soprano Vanesa, plena de facultades, acompañada al piano por el titular de la Ópera de Oviedo, Mario Álvarez, e «In Paradisum», para solista y coro. Pero nos esperaba una página bellísima, una de las composiciones sacras más hermosas del siglo XX, un fragmento del réquiem del británico Lloyd Weber, «Pie Jesu», una pieza que nunca dejará de emocionarnos, soprano y coro enlazan una melodía que entra de lleno en lo sublime.
En la segunda parte, diez voces masculinas, reunidas bajo el nombre de «Mateo Bullón» y dirigidas por Salvador Cuervo, recordaron al ilustre compositor entonando dos piezas de su creación, «La quintana está triste» y «Amaneció ya», más otras dos de autores extranjeros, muy bien ejecutadas. Pero nos esperaba la gran fiesta... Volvió el «Orfeón Gijonés», y tras ellos se situaron tres músicos, Milito Ortiz con la trompeta, Pablo Muel con su contrabajo y Miguel Ángel Baeza en la percusión. Delante del coro, Carlos José Martínez, al piano. La bomba. Boleros de toda la vida, pero imagínenlos ustedes en polifonía acompañada de aquellos tres ases cubanos. El espectáculo lo hubieran ofrecido en cualquier teatro, pasando por taquilla, y el respetable, además de relamerse de placer habría de pensar que momentos así siempre serán baratos. Genial de todo punto.
Pero aún hubo más: en medio de aquella fiesta el director presentó a Julio Ramos, un cantante asturiano que ofreció tres piezas, entre ellas, el clásico «Duérmete, fíu del alma», en una versión sorprendente, acompañado del «Orfeón». Íbamos de asombro en asombro. Y de gozo en gozo. «Lagrimas negras», «Si mi voz enmudeciera», cantada por Begoña Álvarez sobre letra y música de Carlos José Martínez. Gracias por dedicarme «El juramento», a capela, una canción que escuché por primera vez en La Habana, sobre un arreglo para polifonía del gran Electo Silva. Era primavera y se me prendió en el alma. Gracias, en total, por el gran espectáculo.