J. C. GEA
Leo el primer volumen de la «Historia de Gijón» que ha empezado a narrar este diario y me engolfo en el vértigo del tiempo. Procuro imaginar con nitidez el paisaje de este mismo territorio limpio de nosotros y nuestros trastos, en el momento en que nuestros vecinos remotos roturaron por primera vez su suelo, intentaron capturar el primer pez en un río o en el pedrero o quemaron por primera vez una porción de bosque, y acabo por darme cuenta de que en realidad el vértigo es de una naturaleza distinta a la esperable: mi imaginación no está sobrecogida ante la reconstrucción de un ayer imposible, sino ante la fabulación de un mañana posible. Un mañana al que acceder resultaría tan fácil como roturar este suelo o quemar nuestro bosque urbano. El pasado siempre está debajo de esta ligera epidermis, esperando convertirse de nuevo en presente y en un largo e inmóvil futuro.