FRANCISCO GARCÍA
El fútbol es, en ocasiones, un trampolín para la política y para los negocios. Dicen que grandes acuerdos financieros de las últimas décadas se sellaron en el palco del Bernabeu, ocultos al respetable de pan y circo entre la bruma cadenciosa de los cohibas. Seguramente también en el Camp Nou y es más que probable que incluso en El Molinón. En su reciente visita a Gijón, Joan Laporta no escondió su deseo de disputar en un futuro próximo la Presidencia de la Generalitat, que es la Liga de Campeones del catalanismo. En esa clave es preciso interpretar el frecuente discurso ultranacionalista del presidente del Barça también en Asturias, que ha sabido utilizar con inteligencia el altavoz mediático de los éxitos del club que preside con fines personales y partidistas, aun a costa de hacerse antipático a los aficionados barcelonistas repartidos por España, que son legión. Los cánticos que tuvo que escuchar el sábado bajo el aguacero en el coliseo sportinguista responden a esa creciente antipatía popular hacia un tipo que accedió al palco como un desconocido y saldrá de la moqueta blaugrana disparado a la plaza de Sant Jaume. Gracias al fútbol, así, así, Laporta gana así.