J. C. GEA
Llegó la hora, tan temida. Un Gobierno impotente entra en fase de pánico y anuncia severos recortes de inversión pública en infraestructuras -en realidad, una imaginativa medida para agravar la crisis bajo la apariencia de recurso facilón para resolverla- y tiembla Asturias. Es normal, en una región semiinsular, envejecida y más acostumbrada a la espera que al movimiento, cuyas expectativas siguen concentrando en el cesto de esa dependencia de la inversión estatal todos los huevos de su futuro. Pero puede que ahora no haya en ella casi nada que empollar. Toca comprobar cuál es el peso real en el país de este millón y pico de habitantes, cuáles las artes negociadoras y de presión de sus líderes en cualquier terreno y cuáles las dotes de su Gobierno y sus sectores productivos para improvisar a corto plazo mañas que suplan en la dura tierra lo que probablemente empiece a escatimar el asustado cielo.