J. C. GEA
Igual que los arqueólogos de los que tanto estamos hablando estos días construyen pasado cuando arañan delicadamente con su instrumental de precisión los suelos del concejo, las excavadoras construyen futuro al rascar el asfalto de Sanz Crespo. Cuánta gana teníamos de ver esa tierra expuesta de nuevo, removida. Después de siete años de espera, el restregón de las palas, que no pasa por el momento de caricia con un asomo de garras, cobra el valor de un gesto y de un símbolo, un arañazo que compromete: es verdad que sólo se trata de otro capítulo en esta obra agotadora, y también es verdad que lo que va a crecer en esa tierra recién removida no pasará de provisional, verdura de las eras; pero lo que importa, tal como está el patio, es la marca, el gesto, el rasguño que acredita que, más allá de todos los papeles previos, el bisturí ya ha cortado y no se puede dejar al aire lo que ha descubierto.