VILIULFO A. DÍAZ PÉREZ
EX RECTOR DE LA UNIVERSIDAD LABORAL
Ante todo, mostrar mi más sentido pésame a los familiares de Enrique. Os acompaño en vuestro justo dolor.
Unas palabras, salidas del corazón, para testimoniar nuestro pesar.
Todo hito logrado en cualquier actividad merece ser recordado con una celebración. Hoy, a pesar de la muerte, celebramos también la vida, porque Enrique goza ya del bien supremo, que es la presencia de Dios, y descansa en su regazo.
A Enrique, acaparador de títulos magistrales de la enseñanza, catedrático, fundador, profesor, coordinador y ex subdirector y jefe de estudios de la Universidad Laboral en mi época de rector de la misma, fue conocerle y apreciarle por su caballerosidad, por su sapiencia, por su saber estar. Un hombre moderno, de su tiempo, que invirtió su labor didáctica en la entrega y compromiso de todo aquello que en vida constituyó su universo: la investigación, la técnica educativa en su más puro estilo, destacando en cuantas actividades acometía, pues era, de veras, un hombre de excepción.
Era culto, inteligente, perspicaz, serio, siempre dispuesto a colaborar y ayudar a quien lo precisara. Estaba, igualmente, el amigo, que escuchaba y buscaba la forma de complacer a todos, que anteponía a sus propios deseos los de los demás. Era discreto y capaz de hallarse junto a uno en el momento justo.
Enrique es persona que merece todo nuestro afecto y consideración, puesto que su vida fue ejemplo de servicio, animado por una vocación de entrega total, escogida libremente y con todas las consecuencias: la enseñanza.
Quiero mostrar la satisfacción de haber tenido la suerte de su excelsa colaboración como jefe de estudios y subdirector de la Universidad Laboral, desde cuyos cargos puso a contribución lo mejor de su persona; soy consciente de los frutos obtenidos.
Si pudiéramos hacer un examen de conciencia, se diría que Enrique se presenta ante el Señor con la certidumbre del deber cumplido, en años de fidelidad y de generosa entrega a las tareas didácticas. Ahora, desde el lecho de muerte, donde ha descendido la paz del cielo, le pido que interceda por nosotros, para que la misericordia de Dios se derrame sobre nuestros corazones
Desde lo hondo de mi corazón van estas palabras, dirigidas y dedicadas a mi amigo Enrique, con amor y cariño, desde el primer momento de contacto con él tuve el privilegio de conocer su ejemplo, integridad, entrega y afectos, que caló hondo en cuantos consituíamos en la Universidad Laboral, aquella extraordinaria comunidad educativa.
Y por la pérdida sentida y manifiesta de Enrique, os reiteramos nuestra condolencia. Amén.