FERNANDO CUESTA FERNÁNDEZ
Si éste, en lugar de ser un país serio ( Zapatero dixit) fuera un país cachondo, nuestros ínclitos gobernantes no hablarían de prolongar la vida laboral -la nuestra, claro- hasta los 67 años, sino que nos propondrían abierta, muy abiertamente, llegar hasta los 69, metiendo mano y arrimando... el hombro. Porque ha llegado el momento de la verdad: «Menos samba e mais trabalhar». Se acabó el recreo, se terminó la fiesta: llegó el Comandante, pero no mandó parar, sino seguir al pie del cañón un par de añitos más, amarrados al duro banco, arrastrando las cadenas y la bola como los convictos del Estado de Alabama («¿Puedo beber agua, Jefe?»; «Puedes, Sam»).
La píldora nos la van a administrar con un poco de azúcar, como cantaba Mary Poppins, aquella risueña institutriz del paraguas y el maletín que bajó del cielo para dulcificar la rígida educación victoriana. Cada año, a partir de 2013, dos meses más de curro de propina, hasta que una hornada de jubilandos se vaya ya para su casa con los 67 cumplidos. Y puesto que la esperanza de vida en nuestras opulentas sociedades occidentales y posdesarrolladas cada vez es más benevolente y misericordiosa con nosotros, pobres mortales, aún nos quedarán por delante largos años para disfrutar del otoño de la vida y de sus placeres. Para alegrarnos ese dilatado tramo final de la existencia las multinacionales farmacéuticas idearán diversas pócimas milagrosas que prolonguen nuestras facultades sine díe -porque no sólo de Viagra vive el género humano-. Ya estoy viendo el nuevo eslogan del Ministerio de Trabajo o como diablos se llame ahora: «Lo bello empieza a los 70». Lo primordial es que el personal no se desanime ante lo que se avecina, y siga acudiendo cada mañana al tajo (los andaluces, al Guadalquivir) con la sonrisa profidén de oreja a oreja (cantar el himno de la empresa y agitar banderitas es facultativo), contentos y felices por contribuir al bien común y asegurar con este esfuerzo suplementario los inalienables derechos sociales de las generaciones futuras. Plis, plas (por favor, aplaudan hasta con las orejas...).
Y cuando nuestra reticente ciudadanía vea que no es tan fiero el león como lo pintaban, que se puede seguir trabajando después de los 65 y, oiga, no pasa nada, ya estará más predispuesta a aceptar futuras y sucesivas prolongaciones de su trayectoria currelante, que venir, vendrán, pero siempre en aras del sacrosanto bien común: 70, 71, 72, 73... La especie es más resistente de lo que creíamos, y aparte de asegurar el sistema con las generosas aportaciones de tantos provectos contribuyentes, podremos observar en la práctica los benéficos y saludables efectos de seguir ocupados cotidianamente, mientras que toda esa caterva de desgraciados que fueron traumáticamente expulsados de sus puestos de trabajo a los 50, los 55 o los 60 años, a cambio de una miserable pensión del cien por ciento y una prima de algunos milloncejos de las antiguas pesetas, vagan por las calles como almas en pena, desubicados, confusos, arrojados en brazos del tedio, el hastío y la depresión. Los nuevos gerontocurrantes, orgullosos de nuestras canas y nuestras arrugas, inequívoco signo del caudal de experiencia y sabiduría que atesoramos, seremos la envidia de todo el mundo mundial. Y es que el trabajo hace libres («Arbeit macht frei», ¿dónde habré leído yo eso?).
En resumidas cuentas, que estoy en mí que no quepo de gozo, pensando en la indescriptible dicha que le espera a mi afortunada generación gracias a los impagables oficios de una clase política que a todas luces no nos merecemos, y a la que no hay dinero suficiente para retribuirle sus desinteresados desvelos... ( atronadora salva de aplausos mientras cae, lentamente, el telón).