R. VALLE
Ya no se ven militares en el cerro de Santa Catalina. Su presencia ha sido sustituida por parejas de enamorados mirando el mar, niños jugando en el césped o turistas fotografiando el «Elogio del Horizonte» para dar fe de su paso por Gijón. El viejo deseo de Jovellanos de promover un gran espacio verde de ocio en el cerro se convirtió en realidad en la década de los ochenta del siglo pasado. Y con ello se quiso dejar atrás la trascendencia de Santa Catalina como uno de los espacios básicos de la costa asturiana en la defensa del territorio de los ataques de sus enemigos. Su trascendencia estaba en su privilegiada ubicación, que favorecía el control de los posibles atacantes que llegaran tanto por la zona del puerto como por la playa de San Lorenzo. Ahora desde el cerro de Santa Catalina sólo se mira al puerto para ver las obras de ampliación de El Musel y a San Lorenzo para disfrutar de las puestas de sol.
El Ayuntamiento de Gijón, a través de la Fundación Municipal de Cultura, ha decidido recuperar ese pasado militar del corazón verde de Cimadevilla con la instalación de una serie de placas señalizadoras que, por un lado, identifiquen los diferentes elementos de las baterías militares que hubo en la zona a lo largo de su historia y, por otro, den explicaciones sobre el uso de cada uno de esos espacios. Las nueve placas -realizadas en lava esmaltada y tres soportes de acero recubiertos con un sistema anticorrosión- servirán para crear un itinerario por el sistema defensivo del cerro de Santa Catalina. La Alcaldía ya ha ordenado la contratación de estas placas a la firma Cyan por un coste de 18.788 euros.
La instalación de estas placas responde a una petición previa de los integrantes de la Asociación de Vecinos «Gigia» de Cimadevilla y es, además, el resultado de una investigación sobre los sistemas defensivos en la costa gijonesa que ha movilizado desde el año 2005 al geógrafo Javier Granda y al presidente de la Asociación para la Recuperación de la Arquitectura Militar Asturiana, Artemio Mortera. Su trabajo no sólo ha dado para los textos de las placas señalizadoras del cerro de Santa Catalina. Ni mucho menos. Su trabajo se convertirá muy pronto en un libro donde, más allá de Cimadevilla, se hace referencia también a los destacamentos militares de la Campa Torres y La Providencia.
Las casamatas que ahora se integran en el parque público del cerro se corresponden con el complejo defensivo que se comenzó a construir en 1898 con motivo del enfrentamiento bélico con Estados Unidos. El temor a ver llegar barcos enemigos hizo que en poco más de un mes se derribara el faro de Santa Catalina que todos llamaban «La Farola», se expropiaran los terrenos necesarios para la fortificación y se libraran 200.000 pesetas para arrancar las obras con la máxima urgencia. «El brusco fin de la guerra hispano-estadounidense hizo que el proyecto quedara paralizado por inútil», como explica Luis Arias González en «Las defensas militares de Gijón». Aunque en los años treinta del siglo XX se completó la actuación, que sufrió algunas modificaciones durante la Guerra Civil.
A la hora de hablar de las primeras baterías para la defensa de la plaza y del puerto de Gijón hay que remontarse a la de San Pedro, a Levante, y la de Santa Catalina, a Poniente. De la primera no queda nada, ya que el Club de Regatas comenzó a construirse en 1913 sobre sus restos, y de la segunda quedan restos rehabilitados y una confusión en muchas guías entre la ubicación de la denominada Casa de las Piezas y el Fuerte Viejo. El almacén de piezas de artillería estaba donde ahora se ubica la escultura «Nordeste», de Joaquín Vaquero Turcios, y el Fuerte Viejo, a un centenar de metros escasos, donde la presencia de dos cañones recuerda a todos el pasado militar de la zona. Un pasado militar que ahora se convierte en una excusa más para pasar una tarde en Santa Catalina.