María IGLESIAS
Pasaban diez minutos de la una de la tarde cuando las mujeres de Jove dieron por agotadas las existencias de rosquillas benditas, a pesar de tener 550 kilos de provisiones. A la puerta de la parroquia, en busca del dulce, acudieron los cientos de personas que ayer se dieron cita, algunas por «esperanza», otras por «tradición», en la celebración de San Blas, patrón de los enfermos de garganta.
Tere Rojo, de «casa Pariente», y su hermano Luis Enrique no tuvieron más remedio que esperar la procesión del santo a las puertas de una iglesia abarrotada. «Por lo menos nos llevamos veinte paquetes de rosquillas, pero para repartir ¿eh?», advierte la mujer, natural de la parroquia.
Dentro del templo, varios sacerdotes, entre los que se encontraba el párroco de Jove, José Manuel Álvarez (acompañados de una intérprete del lenguaje de signos) celebraron misa para gente venida de toda Asturias, entre los que se encontraban más de 200 enfermos de la Asociación de Laringectomizados. «Llevamos 22 años fieles a la tradición de San Blas», cuenta el vicepresidente de la entidad, Eladio González. Entre todos, se llevaron 200 paquetes de rosquillas. Además, como la ocasión era especial, parte del dinero recaudado con la eucaristía y la venta de rosquillas servirá para ayudar al devastado Haití.
Para Manuel Pérez (operado de garganta desde hace un año) esta visita al santo era su primera vez. «Vinimos porque nos invitó la asociación, pero no sabíamos nada de la tradición de los dulces», dice su mujer, María del Pilar Rodríguez.
Emilio Valle suma cinco años de visitas a la parroquia de Jove para celebrar esta festividad, cargado también de rosquillas. «Llevo dos paquetes, que ya compré a primera hora», asegura el hombre, miembro de la Asociación de Laringectomizados. Y es que, entre otras creencias, a estas rosquillas benditas de Jove se le atribuyen propiedades curativas para los enfermos de garganta.
«Vengo a Jove desde crío porque me casé con una de aquí», ironiza Ursinio Varela, vecino de La Calzada, acompañado de su amigo Pepe Mieres. «Es una tradición muy guapa, que no debe desaparecer, además cada año sumamos gente nueva», afirma Mieres. «¡Y nos llevamos once paquetes de rosquillas!», apostilla su acompañante mostrando la bolsa repleta. Tras la misa, la imagen de San Blas recorrió en procesión las inmediaciones de la iglesia, seguida de un buen grupo de parroquianos.