J. C. GEA
El misterio de lo marino reside en su ambigüedad esencial, que simboliza la de la vida misma. Lo marino es siempre uno y múltiple, idéntico y distinto, inmediato y ajeno; visible y reservado, como lo pintó Valéry. En el colmo de lo ambiguo, en este idioma «mar» es a la vez masculino y femenina, aunque yo entienda cada vez menos qué pueda haber de masculino en la mar. Todo eso explica también por qué es tan fácil hacerse a vivir junto a ella y sorprenderse con su mera presencia, cada día como el primero. Y, con todo, es raro cogerla en una pose totalmente insólita, como estos días, replegada por la fuerza de una bajamar extrema. De ahí que lea con celos la crónica del compañero Argüelles sobre la «bajamar perfecta», que ella ha reservado para otros aprovechando que yo estaba lejos, y que no repetirá para mí si no es cuando ella quiera, por mucho que mañana mismo me ponga a suplicárselo.