LUIS ARIAS DE VELASCO
PRESIDENTE DE LA CÁMARA DE COMERCIO DE GIJÓN
Cuatro años al frente de la institución cameral proporcionan una perspectiva ajustada de lo que debe y puede hacer una entidad de estas características, así como de aquello en lo que no debe convertirse si de verdad se quiere que sea un instrumento útil al servicio de los empresarios.
Utilidad que, desde el primer momento, se convirtió en una obsesión de todo el equipo que llegó en 2006, porque estábamos convencidos de que sólo así devolvíamos por una parte la confianza depositada, y por otra -creo que ésta es la mas importante- la cuota que los empresarios aportan todos los ejercicios.
Devolución ejecutada, eso sí, con un innovador espíritu redistributivo. Creo que no me confundo si afirmo que, por primera vez, amplios sectores de la actividad económica de la demarcación, y no precisamente los que cuentan con empresas de mayor tamaño, fueron contemplados en los programas camerales y, tanto Langreo como Carreño, dejaron de ser meros apéndices para cobrar el peso específico que les corresponde.
Y no ocurrió por casualidad. Ha sido el fruto de la decidida voluntad de romper con años de inercia debida, posiblemente, a la existencia de un entorno menos exigente y competitivo que había propiciado situaciones acomodaticias que conjugaban mal con las exigencias de los nuevos tiempos.
Lógicamente, para ello hubo que remover obstáculos y superar dificultades a un lado y a otro y a veces, no lo oculto, con cierta sensación de soledad. Una soledad compensada con creces tras estos cuatro años, cuando podemos presentar un balance de actividades e iniciativas que superan en más de un 90% las que había a nuestra llegada, y un número de empresas beneficiadas por nuestros programas que se ha visto incrementado en un 140%, amén de unas cuentas saneadas con ingresos más diversificados y un patrimonio incrementado. Y, todo ello, por supuesto, sin descuidar, antes bien al contrario, la singularidad ferial.
Por ello, no me importa confesar la sorpresa e incluso la tristeza que me produce el intento de regresar a tiempos ya superados, en los que la entidad era refugio y escaparate de sólo una parte del empresariado. Precisamente de aquellos que menos la necesitan y que podrían volver a utilizarla como un espacio donde alimentar y sostener vanidades o solucionar problemas personales. Envuelto todo ello -eso sí- en un mensaje vacuo y carente de contenido que no puede ocultar el oportunismo de utilizar el lógico desgaste de haber tenido que adoptar medidas imprescindibles, aunque no siempre cómodas y, por prudencia, posiblemente explicadas de forma insuficiente, en aras de que la Cámara estuviera a la altura de las necesidades y los tiempos.
Obviamente, toda generalización tiene su parte de injusticia, y ésta no iba a ser menos, pues también es obligado, y muy saludable, ver parte de la «verdad» en el otro lado, sea este el que fuere.
Debo destacar también, desde la experiencia adquirida, el riesgo real de inestabilidad crónica de la entidad, reflejo de la artificialmente provocada fractura del empresariado de la demarcación, con la consiguiente pérdida global de imagen. Algo que, paradójicamente, hay quien dice que querer restablecerla es el único objetivo, puesto que sobre programa, contenidos y medidas concretas el silencio es atronador.
Pues bien, la opción de la que formo parte y con la que me siento plenamente comprometido está orgullosa -pese a los posibles errores cometidos- del trabajo realizado. Y su intención, si es acreedora de la confianza necesaria, es proseguir el camino emprendido una vez que se han sentado las bases de lo que debe ser una organización empresarial moderna, ágil y eficaz, en la que la independencia debe ser una vocación tan firme como la voluntad de colaborar con todas las instituciones.
Para lograrlo, no hay nada mejor que mirar hacia adelante, con generosidad y amplitud de miras y, al mismo tiempo, hacer oídos sordos a quienes dicen querer solucionar los inexistentes problemas que ellos mismos, por acción u omisión, hubieran podido contribuir, de forma decisiva, a crear.