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La «catedral» del Parrochu

El plan ferroviario de los años ochenta del siglo XX, que empieza a ser corregido, supuso la destrucción de la nave de Lantero, una joya de la arquitectura industrial

 
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Una vista de la estructura en madera de la maqueta.
Una vista de la estructura en madera de la maqueta. marcos león
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J. M. CEINOS
El arranque, el pasado lunes, de las obras de construcción de la estación provisional en la calle de Sanz Crespo trae a la memoria el gran proyecto ferroviario que se acometió en la segunda mitad de los años ochenta del siglo pasado, con la construcción de las dos estaciones actuales: la de El Humedal y la de Jovellanos, que se llevó a cabo tras la adquisición por parte del Ayuntamiento de Gijón de miles de metros cuadrados de suelo industrial en aquella parte de la ciudad en la que a lo largo del último tercio del siglo XIX se asentó una buena parte de las empresas que hicieron posible la industrialización de la villa.

Pero hace un cuarto de siglo la desaparición física de las empresas ubicadas en toda la zona comprendida entre la antigua Gran Vía del Musel y la Estación del Norte (el actual Museo del Ferrocarril), también pasará a la pequeña historia local por la desidia con la que se permitió que una de las construcciones más relevantes de la arquitectura industrial de Gijón se perdiera para siempre: la nave de Aquilino Lantero, también llamada por algunos la «catedral» del Parrochu por su magnífica factura y dimensiones.

En una de las ponencias principales del III Congreso internacional de ordenación del territorio, que se celebró en Gijón en julio de 2001, Juan Antonio Lázaro Menéndez y Manuel Ángel Sendín García dieron un repaso a «La producción de suelo industrial a través del ejemplo de Gijón» y, en su ponencia, explicaron que en la década de los ochenta «la disponibilidad de suelo permitirá a las instancias oficiales hacer frente a la carencia de equipamientos e infraestructuras».

En el caso de Gijón, relataron Lázaro y Sendín, «es el Consistorio el que se hace cargo de esa política que empieza con adquisiciones masivas de terreno industrial en el sector occidental de la villa, tradicional emplazamiento del decadente emporio fabril. Aquellas se inician en 1983 y alcanzan su punto culminante dos años después».

De esta forma, «pasan a integrar el patrimonio inmobiliario municipal los 140.468 metros procedentes de la Fábrica de Aceros (Fábrica de Moreda y Gijón), entonces en manos de Ensidesa, a los que se añadieron los liberados por otras empresas cercanas como Talleres Moreda, Campsa, Fábrica de Loza, Hijos de Aquilino Lantero...».

Era la empresa de Aquilino Lantero del sector de la madera, que en sus tiempos tuvo gran pujanza en Gijón. En «La ciudad de vapor. Historia de la industria y el comercio», libro publicado hace diez años, sus autores, Paz García Quirós y José María Flores Suárez, relatan que la empresa Aquilino Lantero, S. A. se fundó en el año 1916 para la producción de maderas industriales. «Situada inicialmente en el margen meridional de la calle de Sanz Crespo, en 1916 pasó a situarse al final de la misma, pasadas las vías del ferrocarril, donde permaneció hasta su cierre y derribo de instalaciones».

Su fundador, prosiguen Paz García y José María Flores, fue «Aquilino Lantero Bayón, natural de El Entrego y hombre dedicado desde muy joven a la comercialización de la madera en Asturias». Y al final del apartado que dedican en su libro a la empresa, afirman: «El edificio más representativo de esta compañía lo constituyó un enorme cobertizo destinado a almacenar los productos de la misma. Realizado enteramente con estructura y cubierta de madera y dotado con un gran alero dispuesto para cubrir toda la zona de carga y descarga del sistema de vagonetas que recorrían el complejo industrial, su silueta característica se levantó durante muchos años entre las vías del Ferrocarril de Langreo y las del Norte».

En efecto, la nave de Lantero estaba situada al lado de la llamada carretera de La Braña, un poco antes del recinto de la Fábrica de Moreda. Desde hace veinte años el sitio de la nave lo ocupan las vías y andenes de la estación de Jovellanos.

En mayo de 2008, en el salón de recepciones de la Casa Consistorial, Ramón María Alvargonzález Rodríguez, catedrático de Análisis Geográfico Regional de la Universidad de Oviedo, se refirió a la nave de Lantero durante la presentación que hizo del libro «Arquitectura industrial en Gijón. La huella de una ausencia», como ejemplo de la sistemática destrucción del patrimonio industrial de la ciudad y llamada de atención para preservar los últimos vestigios que quedan de la «ciudad-fábrica», que es como Alvargonzález denomina al Gijón de los años punteros de la industrialización.

Precisamente en el citado libro, del que son autores los historiadores José Fernando González Romero y Pelayo Muñoz Duarte, es donde se recoge una pormenorizada descripción de la nave o cobertizo de Lantero, del que ambos autores aseguran que constituyó «uno de los ejemplos más significativos de la arquitectura industrial de la ciudad. Se trataba de una excepcional muestra de estructura en esqueleto realizada en madera. Sus dimensiones eran las que siguen: ocupaba una superficie de 1.750 metros cuadrados, equivalente a la actual plaza del Ayuntamiento (la plaza Mayor), presentaba una altura de 15 metros, equivalente a un edificio de cinco plantas, 70 metros de longitud y 25 de anchura. Como autor podríamos señalar a un maestro carpintero anónimo que a través de algún libro de patrones diseñó una obra no exenta de originalidad».

Tras dilaciones y falta de concreción por parte del Ayuntamiento a la hora de decidir el destino de la nave, la Administración regional asturiana decidió encargar su desmontaje, del que se ocuparon los arquitectos gijoneses Manuel y Enrique Hernández Sande.

Las tablas del mecano del cobertizo de Lantero se apilaron al lado de las vías y, con el paso del tiempo, la madera se fue pudriendo. Ramón Alvargonzález también sostiene que una parte de la estructura acabó entre las llamas de una hoguera de San Juan.

Ése fue el final de «una de las joyas del patrimonio histórico gijonés» en 1985, como escriben en su libro González Romero y Muñoz Duarte, de la que quedan el recuerdo, unas pocas fotografías y planos, y una excelente maqueta que se puede ver en las instalaciones del Museo del Ferrocarril.

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