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-¿Puede decir lo mismo de su presidencia en la Asociación de Hosteleros?
-Fueron 14 años, repartidos en dos años de vicepresidente, y tres mandatos de presidente. El tercero no lo quería, pero al no presentarse nadie tuve que quedarme, aunque estos últimos cuatro años fueron un paseo, se había hecho casi todo. Al principio era una asociación pequeña y localista, pero logramos entrar en 12 consejos de administración; Escuela de Hostelería, FADE, Consejo de Turismo, de Seguridad Ciudadana... Nuestra junta tenía una cartera de mucho trabajo, de viajes constantes; se produjo un boom de aperturas, de cambios de horarios, problemas con las asociaciones de vecinos... Son actividades que generan humos, ruidos, aglomeraciones humanas...
-¿Cuántos establecimientos hosteleros hay en Gijón?
-Cuando dejé la Asociación, hace dos años, había 2.500, entre restaurantes, cafeterías, bares... Nosotros ayudábamos en todo, bien en modernización, búsqueda de subvenciones, profesionalidad, control de distancias, negociaciones con Ayuntamiento...
-¿Era un puesto retribuido, el de presidente?
-No, al contrario, yo me pagaba mis viajes, y aunque había dietas nunca las utilicé. Ahora estoy encantado, tengo más tiempo para mis cosas, e incluso puse un bar de copas, VOS (Versión Original Subtitulada), en la calle Marqués de San Esteban, era mi asignatura pendiente, pero los fines de semana no me deja dormir. Vivo encima y soy incapaz de conciliar el sueño sabiendo que el local está abierto.
-¿Cuándo lo logra, sueña con una estrella Michelin?
-¿Quién no lo hace? Si la consiguiera a través de la cocina tradicional que ofrece Casa Arturo, bendita sea, pero si he de reformar mi proyecto para meterme en modernismos que nos aparten de nuestra filosofía, no me interesa. El restaurante de La Llorea está en el Club de Calidad, que es el máximo reconocimiento de la cocina española.
-¿Usted, qué come?
-Potes, cocina de verdad, de cuchara; es lo más rico del mundo.
-Oiga, ¿cómo se siente la sangre azul, como Príncipe Aliatar, durante unas 14 horas al año?
-Llevo 28 años en ello, creo que incluso más que el Príncipe de España. Me hace mucha ilusión aunque este año terminé desriñonado de tanto saludar. Me emociona la inocencia de los niños, oír lo que te piden. Aunque hay ruegos que conmueven: «Que mis padres me quieran más», «Que no discutan tanto», «Que mi padre, que ya no vive conmigo, venga más a verme»... Hubo un niño que dijo: «Yo no pido nada porque me voy a morir». Tenía leucemia y lo sabía, pero hemos seguido su caso y parece que se ha curado. Hay muchas mamás que de niñas se habían hecho una foto conmigo y ahora me traen a sus hijos para repetirla. El Príncipe Aliatar es sólo gijonés, pero muy estimado.
-Problemas de crisis, de tabaco, de camareros... Parece un sector complicado...
-Sí, y estamos en los peores meses del año, dentro de una incertidumbre política y económica. La gente se aprieta el cinturón y hace más vida de familia, pero iremos saliendo. Con la ley del tabaco nos equivocamos, tenía que haber sido una prohibición radical e inmediata, como han hecho en Italia y Portugal, aunque lo mejor sería dar opciones, que el empresario elija, en este local se fuma y en éste no. En cuanto a los camareros es cierto que falta mano de obra cualificada y Gijón lo ha notado en zafiedad, mal trato, falta de rendimiento... La Escuela de Hostelería no abastece suficientemente la demanda y es una pena que con tantas personas en paro no se especialicen; los que están bien preparados encuentran trabajo. Conozco compañeros que buscan buenos profesionales y no los consiguen.
«Si consiguiera una estrella Michelin a través de la cocina tradicional, bendita sea, pero si he de reformar mi proyecto para meterme en modernismos, no me interesa»
«Cuando era presidente de los Hosteleros yo me pagaba mis viajes; el puesto no estaba retribuido y, aunque había dietas, nunca las utilicé»