POR CUCA ALONSO
ARTURO MUÑIZ CLAROS Empresario hostelero
Durante décadas, Arturo Muñiz Claros ha sido un personaje omnipresente en los medios de comunicación, al ostentar la presidencia de la Asociación de Hosteleros de los concejos de Gijón, Carreño y Villaviciosa. Pero un buen día sus circunstancias personales lo retiraron a sus cuarteles de invierno, y es ahí, fuera de los mangoneos de la politiquería social donde lo queríamos ver, en su genuino campo de trabajo. En apariencia sigue siendo el mismo, hábil, solícito, buen comunicador, pero sin duda mucho más auténtico; ya no tiene que esforzarse en mantener el imprescindible equilibrio de nadar y guardar la ropa, o de contentar por igual a tirios y troyanos. Su trayectoria profesional indica que es un hombre de éxito, y al final de la charla algo quedó nítido; sus logros se nutren de su inexcusable sentido de la responsabilidad y de su buena cabeza.
Arturo Muñiz Claros nació en Gijón, 1949, en el barrio de La Guía, la misma casa donde años más tarde estuvo instalado el Txoko-Txiki de Guillermo Zabala. Mediano de tres hermanos, Arturo hizo el bachiller en el Colegio Corazón de María, y tuvo claro, al terminar su escolaridad que el negocio familiar era su destino.
-¿Desde cuándo existe Casa Arturo?
-Contaba yo cinco años, cuando mi padre, Arturo, cogió un local en La Guía. Era el bajo de una casa muy antigua -creo que cuenta unos 120 años- que hasta ese momento había albergado un bar denominado El Pinche. Mi abuelo tenía un llagar en Viñao, en una finca hermosísima que fue recortando el crecimiento de Gijón; entre carreteras y urbanizaciones su tamaño se redujo sensiblemente, aunque sigue existiendo. Dos de los hijos de mi abuelo, Arturo y Jesús, siguieron con el negocio familiar; Jesús en Viñao, donde sus descendientes han montado un restaurante, y mi padre en Casa Arturo.
-¿En la actualidad, Casa Arturo continúa en el mismo local de entonces?
-Sí, es el mismo, pero ha cambiado el entorno. Entonces La Guía era lejísimos, recuerdo que cuando llovía se inundaban los terrenos que hoy ocupa el Grupo Covadonga, así como la zona del Molinón; la carretera quedaba en medio como una pasarela. Hoy, La Guía se ha convertido en un pulmón de Gijón, es un barrio bonito y abierto, en el que se han hecho muy bien las cosas.
-¿Colaboró usted desde el principio en las responsabilidades del negocio?
-Iba aprendiendo... A los doce años una de las misiones de mi hermano y mía, era colocar las botellas vacías en sus cajas, y mi padre nos pagaba algo. Casa Arturo empezó siendo un merendero con una sidra magnífica, de Viñao, y una cocina básica, tortillas, croquetas, y bocadillos. Se hacían miles de bocadillos. En la actualidad, los días que juega el Sporting en el Molinón o hay un macroconcierto, también seguimos haciendo miles de bocadillos.
-Pero el negocio evolucionó...
-Sí, y durante 19 años yo no participé en él. Hice varias oposiciones, aprobé tres, y elegí la secretaría del Colegio de Aparejadores de Gijón, donde tuve oportunidad de conocer a todos los empresarios de la construcción de Gijón. Por otra parte, mi esposa, Blanca Rodríguez, tenía una administración de lotería en la calle Marqués de San Esteban, pero los fines de semana yo colaboraba en Casa Arturo. Mi padre hizo una gran labor, había conseguido comprar la casa con toda la finca, se realizaron obras importantes y Casa Arturo pasó de ser un merendero a un restaurante.
-Y necesitó más mano de obra...
-En efecto, había que darle impulso y pensé en dejar el Colegio de Aparejadores. Me dio pena; allí era un señor. Tuve que ponerme el delantal para meterme en la cocina, y dejar las alfombras a cambio de un suelo cubierto de serrín.
-¿Conocía el arte culinario?
-Por supuesto, lo había vivido desde los cinco años. Era una cocina muy tradicional que poco a poco fuimos ampliando, pero definiéndonos en una oferta concreta. Mi hermano y yo apostamos por la continuidad, la familia, el sitio... Hoy, después de 55 años ya somos historia en la gastronomía gijonesa.
-¿Cuál es su plato estrella?
-El repollo con gambas, la merluza negra con su salsa de chipirones... La fabada no puede faltar.
-¿Qué fue antes, su responsabilidad en el restaurante de La Llorea, o la presidencia de la Asociación de Hosteleros?
-Creo, con poca diferencia en el tiempo, que primero asumí la Asociación. El alcalde era Tini Areces, y el proyecto de la Llorea había quedado tres veces desierto. Fue cuando pensamos en formar sociedad, Roberto Reginelli, Darío Muñiz y yo, ya que la inversión era muy grande. El local, de 3.800 metros cuadrados, estaba vacío y era preciso habilitarlo, respetando el proyecto de Luis Moya. Montamos siete comedores de distintos ambientes.
-¿Fue un éxito desde el principio?
-Sí, y lo es actualmente. El emplazamiento es precioso, se ofrece buena cocina, buenos precios... Los eventos familiares se suceden, es decir, de la boda se pasa al bautizo, y a la primera comunión. Aparte se celebran congresos, cenas de gala, y los jugadores de golf encuentran asequibles menús. Contamos con un personal, de 24 miembros, muy cualificado.
-¿Cómo han distribuido el trabajo entre los tres socios?
-De un modo natural; todos hacemos de todo, siempre dentro de un consenso. Mantenemos reuniones a diario, decidimos, y luego se trasmite al administrador y dos maîtres que funcionan muy bien. Estamos al día, pero mis compañeros, auténticos amigos, han delegado un poco en mí. Ha sido una experiencia fantástica; Roberto y Darío son personas excelentes y jamás hemos tenido un roce, ni un mínimo problema de tipo financiero, de organización o de personal. Todo ha ido como la seda.
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«A los 12 años una de las misiones de mi hermano y mía era colocar las botellas vacías en sus cajas, y mi padre nos pagaba por ello»
«Después de 55 años ya somos historia en la gastronomía gijonesa»