J. C. GEA
A alguien que, en este tiempo, posee bicicleta y huerto ya se le debería presuponer, de entrada, algo bueno en su naturaleza. Y si su naturaleza le ha permitido llegar a los 97 siendo capaz todavía de pedalear para acudir a diario al cuidado de sus tomateras, quizá haya que establecer entre todo ello relaciones de causa y efecto: tablares y pedales son buenos para la salud y hasta puede que lo sean para la catadura moral. Pero lo mejor de todo es que este nonagenario con bici y huerto sea además un tipo corajudo, capaz de pedalear -a sus años- en pos del desaprensivo que le acaba de guindar los magros euros de su pensión, persuadido cobardemente de que un anciano es una presa fácil, sin advertir el detalle de que gasta bicicleta. El retrato comparativo del abuelo corajudo que trabajó para merecer su pensión y que ahora, con sabiduría volteriana, cuida de su huerto, y el del atolondrado y cutre bandido señorito que se pide un taxi para darse a la fuga dibujan el haz y el envés de un perfil humano. Necesitamos muchos como el primero; nos sobran muchísimos como el segundo.