Eloy MÉNDEZ
El Llano es un barrio donde el ruido de los vehículos que vienen y van hacia la ronda y la contaminación industrial procedente del oeste del concejo complican a menudo la vida cotidiana de los vecinos. En la parroquia de Vega, por el contrario, el sonido ambiente corre a cargo de la naturaleza en estado puro y los malos humos desaparecieron con el cierre de la mina de La Camocha.
Por eso, hace año y medio que Herminia González y Rubén Díaz decidieron hacer la mudanza desde el casco urbano hasta la zona rural para ver crecer a sus hijos Xuan y Sira. Ellos -lo mismo que Julia Alonso, Mariam Guadamuro, Kiko Mazariegos, Gelo Marcos, Mónica González, Manuela García y Julián Rancho- ejemplifican a la perfección un nuevo perfil del residente en las parroquias periurbanas, que en la última década han ganado más de tres mil habitantes. La mayoría son matrimonios jóvenes que huyen de las molestias del piso de arriba y buscan un entorno más natural donde, en muchos casos, ver crecer a la familia. Han puesto tierra de por medio con la urbe, pero no más de unos cuantos kilómetros.
«Cuando me quedé embarazada de gemelos exploramos la posibilidad de buscar un sitio tranquilo para cuidar a nuestros hijos», dice Herminia González a la entrada de su adosado de la calle Santa Cecilia, muy próximo al pabellón deportivo y la futura piscina de La Camocha, un núcleo que crece a un ritmo constante. «Queríamos un lugar donde hubiera algo de vida, con instalaciones deportivas, colegio y lugares a donde ir a tomar un café, pero que estuviera lejos del ajetreo de la ciudad», sostiene. Por eso, no dudaron en hacer las maletas en cuanto descubrieron la urbanización que se ha convertido en su nuevo hogar. Poco importa que Herminia tenga su lugar de trabajo en un colegio público de La Calzada, que su marido ocupe un puesto de administrativo en Oviedo y que tengan que acudir al centro de Gijón para hacer casi cualquier gestión administrativa o comercial.
«Somos conscientes de que dependemos plenamente del coche, pero ganamos muchísimo en calidad de vida y en tranquilidad», sostiene González. A cambio, pueden recorrer todos los fines de semana en bicicleta la senda verde que une la zona de Viesques con su nuevo barrio y comparten espacio con «gente encantadora», sostienen.
«Los vecinos en los pueblos son, por lo general, mucho más colaboradores; además, no tenemos que soportar los ruidos que hay en los pisos», señala esta gijonesa antes de concluir con lo que parece la sentencia de su nueva vida: «Es un placer abrir la puerta y no ver el ascensor».
Similares motivos fueron los que empujaron a Julia Alonso a abandonar su inmueble de la calle Menéndez Pelayo para construir una «casina de dos plantas con porche y hórreo» en una finca de Caldones hace dos años. «Siempre había sido una persona muy urbanita y además me pasé mucho tiempo en Madrid, pero decidí dar un cambio radical a mi vida para empezar a respirar aire puro», asegura desde su nueva residencia, donde comparte espacio con sus dos perros, sus dos gatos, sus dos hijos y su pareja. Alonso afirma que no le supone ningún estrés tener que coger el coche todos los días para recorrer los doce kilómetros que le separan del centro de la ciudad, donde regenta un gimnasio y una agencia de modelos. «Sólo tardo un cuarto de hora y, a cambio, me levanto rodeada de vacas y prados verdes», sostiene tajante.
Pero lo que más valora de su nueva vida, es poder compartirla con «gente maravillosa». «Los habitantes de los pueblos son diferentes, hasta el punto de que hay quien me deja hortalizas y frutas de la huerta a la puerta de casa», confiesa, satisfecha por haber iniciado «una etapa de mi vida que se basa en la tranquilidad y el buen rollo».
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