FRANCISCO PRENDES QUIRÓS
Como ya viene siendo habitual en esta preclara y celebradora villa, el Jueves de Comadres, que era antaño simple tarde de «merendola» de madrinas con ahijados y amigas, extendidos los manteles por los espaciosos campos de la santa Catalina si el tiempo lo permitía, o en las sencillas cocinas familiares, es hogaño la jornada festiva que abre, entre culturas, meriendas y ¡0h, dios! hasta porno, los días dedicados a Momo, el dios-rey de la broma, el sarcasmo y el despropósito.
Días de Carnaval; días de las Carnestolendas. Días de las Falsas Apariencias..., ¡cuántas resonancias las de las apariencias! Igual vale un salero, que un piso de lujo, que un viaje a París a vender jirones de Gijón, que turrón de «gijona»...
Cae este año el jueves de comadres en el día 11, cuando se cumplen 137 años de la proclamación de la primera República, y a tan sólo trece días, y parece una eternidad, desde que la señora del Pardo Poder (PP), incansable «Eeola», que tantas marejadas levantó en el salón de plenos municipales durante los últimos diez años, ofreciera desde una salita de la misma casa un «pacto» de finas cortesías al equipo municipal de gobierno para remansar las «olas» que ella misma levantara hasta casi los cielos. ¿Iniciando la lideresa local el camino a la Presidencia del Principado?..., ¿O sólo fue la primera broma y «zumba» de este loco Carnaval?...
Dada esta triple coincidencia, no estará de más, para saber de qué maraña de cosas venimos (en Candás, a la maraña la llaman «marañuela»), que nos coloquemos sin temor alguno en posición de «vista atrás», admirando, si usted quiere, los doce tomos de nuestra historia, o las doce páginas del magnífico calendario que con doce hermosas fotografías del viejo Gijón, ha editado la imprenta Mercantil de nuestra villa por encargo expreso de los señores bablistas de nuestro Ayuntamiento paralelo, el que abre sus puertas en la gran panera del pueblo de Asturias, porque en nuestro pueblo la posibilidad de quedar convertido en estatua de sal por mirar atrás no es castigo, sino exaltación de la marca institucional de que en Gijón «semos» la sal de Asturias para hipotensos.
Al principio del pasado siglo, tal como hace una centena de años, cuando faltaban unos meses para el «Centenario» de San Jovino (que conste que el «Centenario» de la plaza Mayor hace referencia al «Centenario de Colón» y no al del santo local), las tradicionales fiestas de las Carnestolendas no duraban cinco días, sino tres, que iban del «Domingo el Gordo» al «Martes de Carnaval», aunque en la Cuaresma pusieran los alegres abuelos dos islas para desesperación del beaterío local: la del miércoles de ceniza, en que se enterraba la sardina, y la del siguiente domingo, llamado «Domingo de Piñata», cuando en desaforados bailes por las enceradas pistas de los Campos Elíseos o del Dindurra, se rompía entre arrullos pecadores la «olla» de los regalos...
Ya entonces, los viejos gijoneses lamentaban que los Carnavales no fueran lo que habían sido? «que las Carnestolendas están perdiendo algo de su bullicio y un mucho de su brillantez y esplendor que tanto las distinguieron en otros tiempos», protestaba don Bernardino. ¡Siempre en boca de los playos lamentos por la pérdida de los esplendorosos «antaños» de la villa!
Gijón es tierra de históricos «antaños», de ahí el empecinamiento de algunas gentes en que volvamos a la vieja lengua, a los ropones de lino, lana y dril; o a la «montera picona», donde ahora se come y bebe... tengo mis dudas de si a precio conveniente...
En 1910, lo que son los tiempos, en lugar de la «montera picona», lo que se imponía en la villa y corte de don Pelayo, esculpido por López, era «La Chistera», sociedad juvenil y bulliciosa y, al mismo tiempo, sombrero de copa alta, combinación con la que los «pollos bien» se esforzaban en devolver las Carnestolendas a la brillantez perdida.
«La Chistera» prodigó a las gentes de aquí iniciativas, alegrías, diversiones... pan y toros. Y de ella sacaron los pollos la brillante idea de invitar a los asturianos de la Habana a fletar un transatlántico botijo para venir al Centenario de San Jovino. Excursión que tanto prestigio dio en todo el verano de 1911 a las celebraciones del santo.
Hará la centena de años que «La Chistera» se convirtió en alternativa elegante al Carnaval callejero, que iba quedando reducido a desfile anárquico de mascarones a granel; al recitar de improvisados «melquíades», revestidos de grotescas indumentarias y largas narices postizas que vociferaban por calles y plazas las coplas, a perrona el ciento; a los puestos de matar y rifar gallos; a las predicciones de los astrónomos del porvenir; a las de los echadores del «Orón»; y a los milagros de las «pasadoras» del agua, mientras que los mil chiquillos de los barrios aprovechaban la confusión y la falta de «municipales» para guerrear a pedrada limpia por los arenales de san Lorenzo...
Los elegantes de «La Chistera», como si estuviéramos en la Oviedo capital, ofrecieron en el Dindurra bailes tan vestidos como los de la Corte, tan alegres como los de París y tan salerosos como que en ellos sobraron la gracia y la pimienta de las modistillas de la villa: alegría, juventud, talle y belleza a destajo... y en seguida, la larga Cuaresma, y los noviazgos, como hoy los bodorrios, al calor de San Pedro... Y ahí está ya, jubilo jubilandi, el Primero de Mayo.