J. C. GEA
Me apresuré al cerrar ayer mi censo de vidas envidiables. Lo supe de buena mañana, una de esas oscuras en las que lo único sensato sería permanecer bajo las sábanas, absuelto por la convicción de que arrebujarse y contar de oído gotas de lluvia es una forma respetable de ganarse la vida. En vez de eso, tuve que salir para llevar una bota averiada a mi zapatero, hombre de aspecto tranquilo y concienzudo que regenta un pequeño local perdido en un cruce de callejas y travesías peatonales de El Llano. Y me pasó lo que me pasa siempre que entro ahí: que me invade una nostalgia irresistible, como si cruzara el umbral de otro universo. O, más bien, de otro tiempo. Me hubiera quedado bajo aquella sobria luz fluorescente, ignorando la oscuridad de la calle lluviosa y la cháchara del transistor que erizaba el aire perfumado -cuero, betún y cremas alcanforadas-, disfrutando de la rutina y la destreza en el manejo de las herramientas, sin brillo de puro usadas, mientras el resto de mi cerebro sueña entre silenciosas pilas de zapatos con una vida muy distinta a la de un zapatero en una calle perdida de El Llano.