M. S. / M. I.
El testamento de la «Pezteban» empezó con «toneladas de agua y jabón para que los programas barriobaxeros de la tele se laven sus vergüenzas», y «paletadas de carbón para que se vean sucias las manos de los corruptos y ladrones de traje». A los güelinos les dejó «todo el cariño que se merecen», y a los maltratadores, «un bozal y una correa para que, cuando paseen, puedan ser reconocidos».
La Sardina pidió, además, una ubicación para la «Semana negra», «que a este paso acabará en la mar como yo». Su herencia también incluye «una máquina calculadora para los gestores del puerto de El Musel, que buena falta les hace»; «una brújula orientada a Gijón para Pepiño Blanco (ministro de Fomento), para que no se despiste con lo del AVE», y «un poco más de puntería para los BB (Bilic y Barral), para que los infartos no cundan en las postrimerías de la Liga y que El Molinón luzca sus mejores galas». En alusión al fallido fichaje de Michu, tan sólo refirió: «¡Que le den morcillas!».
Los problemas con los «skaters» que rodaban en el Campo Valdés o el incidente de la intoxicación de cloro ocurrido en el centro de talasoterapia también tuvieron su reseña en el testamento de la «Pezteban», que a nivel local y regional aludió a «Tinín», «Pardina» o «Pacita», porque «la mujer no puede salir de la agencia de viajes, entre comprarle los billetes a Churruca y buscar el metrotrén que perdió ya fai años».
Y, como la Sardina estaba al día de la actualidad, no quiso que la devolvieran al Cantábrico sin antes compartir con los presentes el deseo de que «nuestros jóvenes no tengan que jugarse la vida en guerras estériles» o «vuestra economía mejore a pesar del IVA y VENÍA, del PIB y el PUF». A las ocho y cuarto de la tarde, un vitoreado «Puxa Xixón» ponía fin a la lectura del testamento. Del Antroxu ya sólo quedaban fuegos artificiales.