J. C. GEA
Lo imposible es una frontera móvil y en retroceso. Todos los acontecimientos, desde el Big Bang hasta los cheques extendidos a Belén Esteban en un país erizado de parados, son un constante avance de lo real sobre lo inverosímil. El último mordisco a la materia oscura de la imposibilidad lo ha dado un tipo que ha resistido 19 minutos y 21 segundos sin respirar bajo el agua. Es suizo, claro: gente acostumbrada a medir el tiempo, permanecer en entornos asfixiantes y aguantar la respiración durante guerras mundiales enteras exprimiendo las propias reservas de oxígeno en lingotes. Pero, al margen del logro, hay además moraleja. Después de hiperventilar con oxígeno puro durante media hora -el equivalente a nuestra saturación de riqueza cuando las vacas gordas-, el Rey de la Apnea se limitó a «entrar en medio trance, gastar energías mínimas y poner en marcha un poder de concentración gigantesco». Si gobiernos, sociedades, nosotros mismos, supiéramos hacer exactamente eso no estaríamos malgastando el poco oxígeno que nos queda en llorar por las branquias que nunca tendremos.