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La reforma del estadio rojiblanco
 

Más que un Molinón

- Ciudades como Valencia, Zaragoza o Madrid también recurren a los usos comerciales para financiar sus campos

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Reforma de La Peineta.
Reforma de La Peineta.  
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Miriam SUÁREZ
Con el centro de tiendas y restaurantes que se conoce como «Esquina del Bernabeu», el Real Madrid ampliaba el concepto de campo de fútbol más allá de lo puramente deportivo para conseguir nuevas vías de financiación. Hoy en día, transcurridos 19 años de esta iniciativa, el uso comercial se ha convertido en una fuente de ingresos habitual para los equipos o ayuntamientos que necesitan remodelar sus estadios. Ocurre con el nuevo Mestalla de Valencia; en La Peineta prevista para el Atlético de Madrid; en Zaragoza, con La Romareda... O incluso en la localidad cordobesa de Lucena, que tiene a su equipo en Segunda B.

El plan de reforma de El Molinón también aplica esta fórmula, en una versión que permitirá al Ayuntamiento ahorrar 7,2 millones de euros a cambio de conceder al grupo Procoin el aprovechamiento comercial de los bajos del estadio. La empresa podrá explotar una superficie de 12.000 metros cuadrados durante un período de 40 años, pero antes tendrá que asumir algunas de las inversiones previstas en la remodelación del municipal gijonés. Por ejemplo: la renovación de su fachada exterior según el diseño del artista Joaquín Vaquero Turcios, que transformará radicalmente la imagen de uno de los edificios más identificativos de la ciudad.

En Asturias existe un antecedente de esta filosofía empresarial que concibe los campos de fútbol como dotaciones a las que se puede sacar un buen partido comercial. Aunque ese antecedente no llegó a traspasar el papel en el que se escribieron los primeros esbozos de lo que hubiera sido el gran estadio «metropolitano» de Asturias. La idea, que partió del Real Oviedo de Eugenio Prieto y Celso González, implicaba hacer un mismo campo para el equipo carbayón y el Sporting de Gijón en territorio de Llanera. El proyecto cayó como una bomba en una región donde la rivalidad entre ambas aficiones es histórica. De hecho, no superó el revuelo inicial.

Aquel proyecto queda a 14 años de distancia del nuevo Molinón que ahora está en fase de obras. Pero no sólo el tiempo transcurrido separa una actuación de otra. Los números de la propuesta que el Real Oviedo puso sobre la mesa en 1996, apoyándose en un diseño encomendado a Jacobo Blanco -actualmente investigador del Centro de Cooperación y Desarrollo Territorial-, también distan mucho del plan de reforma emprendido hace ocho meses en el campo rojiblanco.

El estadio de Asturias formaba parte de una operación urbanística que incluía zona comercial y de ocio; edificios de viviendas y oficinas; usos hosteleros; espacios de cesión para un Palacio de Congresos, un instituto de las artes y un ferial; amplias zonas verdes, y hasta un parque temático. El ámbito de actuación era de 127 hectáreas, de las cuales 4,9 se reservaban para un campo de fútbol de unas 30.000 butacas. La inversión global, calculada en pesetas, rondaba los 27.000 millones.

Pero la operación no prosperó. Así que el Ayuntamiento de Oviedo optó por construir el nuevo Tartiere, que costó casi 50 millones de euros y se inauguró en septiembre de 2000. El Consistorio gijonés tardó algunos años más en poner remedio al mal estado de El Molinón. La alcaldesa, Paz Fernández Felgueroso, optó por la reforma tras rechazar tajantemente las ofertas multimillonarias de algunos constructores que proponían trasladar el estadio a la periferia para edificar en su lugar. Un tipo de operación que, por el contrario, sí se aprobó en Valencia o Madrid.

Al no contar con plusvalías urbanísticas, se ha decidido sacar a concurso la concesión de los bajos del estadio para su acondicionamiento y explotación comercial. Convocatoria que el Ayuntamiento resolvía este mes de febrero tras varios intentos fallidos. Sólo el grupo Procoin, que ya interviene en el recrecido de la grada Norte y en la zona de vestuarios, presentó una oferta. Aunque el gobierno local insiste en que la concesión es rentable, la crisis económica no ayuda a sacar adelante iniciativas como ésta.

La adjudicación de los bajos completa un plan de mejoras que le lavará la cara al estadio rojiblanco por algo menos de 20 millones de euros. El Molinón no llegará a las 30.000 localidades exigidas para los grandes encuentros futbolísticos, ni tendrá ascensores como el Tartiere o el nuevo Mestalla, cuyo desarrollo se está viendo afectado por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria. Pero «quedará un estadio muy digno», sostienen desde el Ayuntamiento, que sufragará el gasto con dinero del erario municipal, con fondos de los planes Zapatero y con la concesión de los bajos que van a quedar libres de uso deportivo.

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