M. SUÁREZ / M. IGLESIAS
«El corazón no me da pa más, estoy muy nerviosa». La Sardina «Pezteban» notó los primeros síntomas de su infarto ayer por la mañana, al subirse al escenario del paseo de Begoña. Los nubarrones y los acordes fúnebres que salían de los instrumentos de la Banda de Música de Gijón hacían presagiar lo peor.
«No te preocupes, sardi, mira qué chóferes más majos te esperan», le dijo Doña Concha, con su traje de Cupido, señalando hacia una ambulancia. Todos sabían lo que iba a pasar. Todos, menos la Sardina, que, ajena a su muerte anunciada, bailó y cantó despreocupada con la banda de música. «Marcho sin parrochu; ye una pena que no tirases bien las flechas, Concha», lamentó «la Princesa del Muselín».
Quienes la arropaban en la que era su última actuación de las fiestas de Antroxu se ponían en situación: «¡Pobre, qué poco te queda!». Pero antes de que a la Sardina se le parara el corazón, descubrió en Matías, el chófer, a su «parrochu». «Muero de amor por ti», confesó a los cuatro vientos, mientras el hombre aparecía en escena con un gran ramo de rosas para la «Pezteban».
«Ya me dijeron que me iban a traer flores y que todos ibais a llorar por mí porque me despido de Xixón, pero no me esperaba esto», aseguró la Sardina más presumida de todos los Antroxos. La «emoción» de encontrar al amor de su vida precipitó un ataque al corazón que simbolizó el final de los Carnavales. «¡Ay, que me muero!», exclamó dando sus últimos coletazos en el suelo ante cientos de gijoneses.
Los intentos del equipo de reanimación por recuperar a la «Pezteban» fueron baldíos. Ya era demasiado tarde. Tanta fiesta y tanto baile le habían pasado factura. A su lado, dos mariachis cantaban temas de amor y despedida. «Ya no tiene pulso», anunció uno de los médicos. Pero todavía no había llegado su hora. Cuando parecía que ya no se podía hacer nada por su vida, «Pezteban» gritó: «Yo, por Xixón ¡maaato!». Ésas fueron sus últimas palabras. Y también las primeras que soltó a su llegada a Gijón.
Pero, en realidad, la representación sardinera de la televisiva Belén Esteban más que matar murió. Lo hizo entre los aplausos del público y las lágrimas de sus plañideras. Cuando su cuerpo inerte abandonó el paseo de Begoña en ambulancia, todavía mantenía el tronío de quien se pasea con garbo en chandal «de luxe» a ambos lados de la pequeña pantalla.
Ésa no fue su última despedida. Por la tarde, la ciudad le tenía preparado un cortejo fúnebre en el entorno de la plaza del Marqués. Doña Concha, de viuda, leyó el tradicional testamento de la Sardina desde el balcón del palacio de Revillagigedo ante cientos de personas. «Con Xixón no puede ni la sensación térmica, ni la crisis ni la gripe A», constató.
El legado de la «Pezteban», allí de cuerpo presente, resultó ser tan afilado como lo era su lengua en vida. «Sal, pimienta y mucha leña pa los políticos», dejó dicho la Sardina, que se acordó en su testamento hasta de un tal Caballón de Atila. «¿Que quién es? Pues uno que lleva Cascos», precisó Doña Concha. Ahí queda.