FRANCISCO GARCÍA
En la esquina de Menéndez Pelayo con Uría, un indigente de chaqueta deshilachada, pantalón oscuro raído y lleno de lamparones, desgastadas chirucas y un paraguas próximo a desvencijar, remueve las papeleras con una bolsa de plástico en busca de despojos de la opulencia. Entre los labios una colilla mínima, y cubre la cabeza con una gorra azul que anuncia publicidad de una empresa de maquinaria de obra pública. A unos metros de donde el anciano aterido hurga entre los desperdicios, a las puertas de una administración de loterías de esa misma calle, un hombre de unos cincuenta y barba rala pide limosna fiado a la caridad de algún apostante de la quiniela o la primitiva. Cuelga de su pecho un cartel donde se lee «soy pobre, no tengo trabajo y cuatro hijos que alimentar». En la otra esquina, junto al escaparate de una óptica, una mujer joven, vestida de blanco de los zapatos, novia cadáver de palidez extrema o estatua de sal silente recauda unas míseras monedas con gesto de desolación. Está pasando. A la puerta de casa. En esa calle y en otras muchas de Gijón.