J. C. GEA
El aire inesperadamente primaveral para un domingo de febrero y el bálsamo que administra una victoria local invitan a la pereza, y a abandonarse a asuntos más bien escolásticos como la fabulosa gresca arremolinada en torno al dedo corazón de la zurda de un ex presidente de Gobierno. El airado escogió, al menos, un idioma universal e inequívoco para responder a los revientaconferencias que provocaron la erección del dedazo; pero tanto éstos como otros en la cancha opuesta -Fernández Rozada, en el Consejo Social de la Universidad- se dejan atrapar por las trampas del lenguaje articulado cuando acusan de «fascista» al contrincante: Aznar no es un fascista, sino un ex gobernante autoritario, soberbio y ambicioso que apoyó una guerra desastrosa y absolutamente innecesaria con evidente desprecio de la legalidad internacional, y los revientaconferencias, unos intemperantes que parecen haber olvidado que el eslogan coreado adelgaza la idea y que la mejor manera de rebatir la sinrazón ajena es esperar al turno de palabra. Salvo para los verdaderos fascistas, los fascistas siempre son los otros.