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Álvaro Díaz Álvarez
Presidente de la Fundación Albergue Covadonga 

«Las personas sin hogar no son más violentas que el resto de la sociedad»

«Los usuarios del Albergue están traumatizados y preguntan a todas horas qué tal sigue la hermana Marcelina»

 09:47  
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  Cuestionario . Gijón


A. RUBIERA

«Ojalá apareciéramos en los periódicos por cosas diferentes a lo que le sucedió a Marcelina». Álvaro Díaz Álvarez es desde hace algo más de una década el presidente de la Fundación Albergue Covadonga, el centro que da cobijo en Gijón a las personas sin hogar. A él no le gusta llamarles transeúntes. De hecho, si alguna vez los llama así a lo largo de la conversación, enseguida se corrige «porque no es la realidad». Hace hoy una semana, la vida del Albergue se conmocionó debido a la grave agresión que sufrió Marcelina Muñiz, una de las religiosas terciarias capuchinas que regentan y dan calor a la casa. Una usuaria la apuñaló en la cocina, mientras preparaba la cena.

-¿Cómo se encuentra la hermana Marcelina?

-La verdad es que no ha parado de mejorar desde que ingresó en el Hospital. El ataque fue en la base del cuello y fue muy grave porque la trayectoria del cuchillo le pilló el pulmón, y ese derrame pleural lo agravó todo. El viernes le quitaron la intubación, se pudo sentar en una butaca y empezó a ingerir algo de líquidos. Es un avance considerable que esperemos que se mantenga y, por fin, salga a planta (el viernes seguía en reanimación). Su recuperación, en todo caso, es lógico que vaya a ser lenta porque estamos hablando de una persona de 75 años.

-Llevan una semana en la que no se han cansado de decir que es el primer incidente grave en 22 años del Albergue. ¿Es así?

-No hemos parado de repetirlo porque es totalmente real. Lo sucedido es un hecho puntual. Nunca había habido agresiones, ni graves ni leves, ni a las hermanas ni a los voluntarios. La gente en el Albergue es, en general, muy respetuosa. De hecho, lo son más con los ajenos que entre ellos, porque es cierto que a veces entre el grupo sí hay discusiones. Lo que pasa es que el mundo de las personas sin hogar es muy desconocido y es fácil tener prejuicios y temores. Si a eso unimos que su aspecto físico no ayuda, todo hace que el temor se incremente. Pero los que conocemos este ambiente sabemos que las personas sin hogar no son más violentas que el resto de la sociedad.

-Dicho así, en estos momentos, no parece lo más realista.

-Soy consciente de ello. Es como decir que el avión es el medio de transporte más seguro justo cuando acaba de ocurrir un accidente aéreo. Pero no deja de ser cierto que es la forma de viajar más segura. Pues aquí ocurre igual: el Albergue es un sitio tranquilo. Lo que pasa es que fomentar el miedo en la gente es bastante fácil y quitarlo lo es mucho menos. Como mejor se consiguen vencer los miedos es con la experiencia y de eso pueden dar fe todos los que han pasado por el Albergue y nos conocen, igual que los que han pasado por la Cocina Económica. Todos los voluntarios saben que son lugares tranquilos y seguros.

-¿Cuántos voluntarios han pasado en estos años por el Albergue Covadonga?

-En la actualidad hay en torno a 90 y en global... no sé. Por aquí ha pasado mucha gente joven que estuvo poco tiempo, y luego hay un grueso muy importante de voluntarios mayores que llevan muchos años con nosotros. Algunos desde que estábamos en El Natahoyo, cuando se abrió, en 1988.

-¿Cómo se tomaron el incidente los voluntarios?

-Con muchísima pena, como todo el mundo, porque Marcelina es una persona muy querida en la casa, como lo son todas las hermanas. Y con muchísima sorpresa también, porque no es algo que se veía venir.

-Habla de sorpresa, pero se dice que los usuarios son cada vez más «exigentes» y, para mayor complejidad, tienen más patologías de toxicomanías o salud mental asociadas. ¿Es así?

-Por partes. Es cierto que el tipo de persona sin hogar que nos llega ha variado desde que se abrió el Albergue. Ya no quedan aquellos tipos bohemios, el transeúnte de mochila al hombro que iba de pueblo en pueblo buscándose la vida. Esos ahora son un porcentaje mínimo. En estos momentos la mayoría de las personas que atendemos en el Albergue ha llegado allí fruto de una situación familiar o laboral que ha ido deteriorándose, a veces por temas de salud, por mala suerte en la vida, por errores cometidos... también hay mucho inmigrante, algo que hace 15 años no había, y hay una población femenina (el 20%) que antes era inexistente. Esas son situaciones nuevas que sólo reflejan el mismo cambio que ha sufrido España en estos años. No es una situación sorprendente.

-Le insisto, ¿son más exigentes?

-La gente cada vez tiene menor tolerancia a cualquier frustración, no sólo las personas sin hogar. Es un fenómeno social que vemos en cualquier ámbito de la vida y no tenemos por qué pensar que ellos serán más ascetas que el resto. El problema de todo es que la realidad de nuestra gente es desconocida.

-Pues explíquela.

-Se piensa que las personas sin hogar son un colectivo de toxicómanos, de alcohólicos, de personas con problemas de salud mental... Y no. Lo que tienen en común toda esa gente es que no tienen casa. La gente se sorprendería si supiera que entre los que no tienen hogar hay gente universitaria; hay quien ha sido empresario de cierto éxito y le fue mal; los hay que tuvieron una vida social intensa... Lo que tienen en común no es una patología, ni una adicción, sólo es que no tienen casa. Oír algunas historias personales llevaría a muchos a sorprenderse.

-Y ellos, los usuarios, ¿cómo han vivido el ataque?

-La gente está traumatizada y preguntan constantemente por Marcelina. De hecho, fueron los que estaban allí los que ayudaron a contener a la agresora. Hay un cierto «shock» entre los usuarios y es normal. Estamos todos afectados.

-En el horizonte se vislumbra el traslado del Albergue, con Proyecto Hombre, al barrio de El Natahoyo. Si ya había una fuerte oposición de algunos colectivos, éste ha sido un mal momento para una agresión, ¿no?

-Pues sí. Si hay una población que ya tiene miedo y surge algo así el temor no va a disminuir. Lo que pasa es que el miedo es un sentimiento muy manipulable y no siempre muy racional. Vuelvo a lo de antes: ese miedo sólo se puede vencer con la experiencia. Cuando el Albergue lleve unos años en El Natahoyo y no pase nada, la gente perderá el temor. Pero en caliente yo comprendo todas las reacciones. Bueno, todas no. A quien argumenta que sus pisos se pueden devaluar por nuestra presencia, a ésos no les entiendo.

-¿Cómo fue el 2009 para el Albergue?

-El número de usuarios nos ha aumentado muy poco, sólo un 5% con respecto a 2008. Es un porcentaje de aumento normal en los últimos años, donde la tendencia siempre ha sido creciente. Porque la exclusión ha ido aumentando poquito a poquito todos los años. En 2002 tuvimos 588 usuarios diferentes, y en el 2009 fueron 971 personas. Todo esto me gustaría explicarlo. La gente cuando llega a una situación de crisis recurre a Servicios Sociales, a Cáritas, a las parroquias, a las familias, a lo que sea. Son esos recursos los que ahora están desbordados. Sólo cuando todo eso falla es cuando se quedan en la calle y tienen que recurrir a un Albergue. Por eso, de seguir la crisis, creemos que a nosotros el problema nos llegará más adelante. Nuestra gente ya estaba en crisis antes de este año.

-¿Y lo han notado en los servicios de comidas y cenas?

-El comedor social de Gijón es la Cocina Económica. Nosotros sólo damos desayuno, comida y cena a los albergados. También ha crecido algo más, pero no es significativo.

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