J. C. GEA
Repasar estos domingos la historia de la vieja ciudad le convierte a uno en un paseante que callejea por el pasado de este suelo con la poderosa nostalgia de lo no vivido. No es que se añore un lugar en sí ni el modo, duro y expuesto, en que tuvieron que apañárselas nuestros antevecinos. No es nostalgia de un tiempo, sino de un «tempo»; de una manera de habitar la ciudad en la que -exonerado de cualquier percepción de la historia-, uno podía vivirla desde la casi absoluta ignorancia de lo que la ciudad había sido y la despreocupación de lo que tendría que ser. Aunque uno supiese que la mayor parte de aquellas casuchas podía tumbarlas un mal viento, podía también permitirse contemplarlas con la misma confianza indiferente con la que miraba el mar o los montes: como un escenario perdurable. Nosotros la vemos cambiar cada día con ojos afiebrados, sujetos a la responsabilidad de la memoria y la de la reinvención perpetua, azogados ante la incertidumbre de lo que se pierde y la de lo que no se tiene. Atemorizados, como si todo fuese a ser barrido de la faz de la tierra cada diez minutos.