JOSÉ LUIS MARTÍNEZ
A partir de dos hechos, conocidos por todos, el asesinato de dos galileos por la acción violenta de Pilato y la catástrofe por la caída de la torre de Siloé en la que perecieron dieciocho palestinos, se nos invita a la penitencia y a la conversión: «Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
Jesús contradice la mentalidad de la época que consideraba las desgracias como respuesta a algún pecado personal o de los antepasados. El ser rico, tener salud era señal de la bendición de Dios y al contrario, ser pobre, estar enfermo, era considerado como un castigo de Dios por los pecados cometidos.
Todas las afirmaciones acerca de la bondad de Dios se estrellan contra esa roca clavada en el corazón de la humanidad. El problema del mal es complejo, indefinido, inabarcable. «La imperfección, la carencia y el conflicto -el mal- pesan sobre el mundo como una sombra terrible», dice el teólogo Torres Queiruga.
La tragedia reciente que cayó sobre un país tan pobre como Haití, las catástrofes que arrancan miles de vidas, las injusticias que destruyen millones de personas, sorprenden nuestros pensamientos, que se ven amenazados por el estupor y la falta de respuesta. Y surgen por doquier, la rabia de muchos pensadores que se rebelan: Camus dijo: «No puedo amar una creación en la que los niños son torturados» y Adorno afirma: «Somos cautivos de un mundo, donde los caminos conducen al mismo inefable abismo». Henri Levy asegura rotundamente: «La muerte absoluta es el presente de la humanidad». El optimismo de Leibniz se desmorona con motivo del terremoto de Lisboa en el año 1755. Y fue el filósofo Voltaire el que, en esta misma ocasión, dijo: «No hay Dios».
La respuesta divina al problema del mal no va a ser un discurso, ni una lección académica, ni un tratado de filosofía, sino toda una vida -la de Jesús de Nazaret- en un duelo a muerte contra el mal, que será definitivamente vencido. Dios nos recuerda en la historia de Israel: «He visto la opresión de mi pueblo, me he fijado en sus sufrimientos, voy a bajar a liberarles». El corazón de Dios sigue apenado por tanto dolor y tanta injusticia como hay en el mundo.
No es insensato seguir creyendo en un Dios que no aparece. Es posible esperar. Ya no es la muerte lo último para la vida humana.