J. M. CEINOS
Daniel Peribáñez Caveda (Gijón, 1950), es profesor titular de Historia Económica en el Departamento de Economía de la Universidad de Oviedo. Licenciado en Historia y doctor en Ciencias Económicas, es el autor del sexto tomo del coleccionable de LA NUEVA ESPAÑA «Historia de Gijón». Dedicado a la Edad Moderna, mañana se podrá adquirir, con el periódico dominical, al precio de 5,95 euros.
El profesor Peribáñez aborda los siglos XVI y XVII con el inconveniente, como explica, de que «el primer documento del archivo municipal de Gijón es de 1563, creo recordar». Por ello, los primeros años del XVI deben ser reconstruidos históricamente «por referencias de lo que se va haciendo». En este sentido, al principio del tomo «lo que muestro son los edificios que se van reconstruyendo desde que Gijón desaparece como puebla a finales del siglo XIV por las luchas dinásticas, una época que coincide, además, con la gran crisis de Europa, que no da pie a que una villa como Gijón se reconstruya».
Tras el incendio de Gijón del año 1395, explica Daniel Peribáñez que «el núcleo urbano desaparece y donde había vida era en las parroquias rurales, donde estaban las huertas».
A mediados del XVI es cuando se empieza a recuperar la villa y se construye el puerto de Gijón donde está actualmente. ¿Y a qué se dedicaban los gijoneses de los siglos XVI y XVII? Relata Peribáñez Caveda que «a la agricultura, la villa siempre estuvo imbricada en el medio rural que la circunda, la pesca, sobre todo la de la sardina, y el comercio, pero menos, era muy poco lo que tenían los gijoneses de entonces para comerciar, era un puertín pesquero durante el siglo XVI».
Habrá que esperar al siglo XVII para que, prosigue el profesor de Historia Económica, «el puerto empiece a consolidarse, dada su centralidad en la costa cantábrica, como de refugio. Entonces la navegación era costera o de cabotaje y el hecho de que Gijón esté en el medio de la costa cantábrica vino a darle la categoría de puerto de refugio y de abastecimiento». En aquellos años «recalan muchos barcos franceses e ingleses» y el comercio se basaba, señala Daniel Peribáñez, en «las avellanas y las castañas, que eran muy cotizadas en los países del Norte de Europa, y también se exportaban muchas naranjas, pequeñinas y amargas, pero los ingleses descubrieron que les venían muy bien para elaborar su famosa mermelada amarga».
En conclusión, atendiendo a las explicaciones del autor del sexto tomo de «Historia de Gijón», el «comercio en el siglo XVII es de subsistencia, ya que la gente tenía lo básico para comer. Es un siglo durísimo en toda España y a los gijoneses y a los habitantes de la costa cantábrica les fue algo mejor gracias al cultivo del maíz, una planta que habían traído de América en el siglo XVI».
En los siglos XVI y XVII, lo fundamental de la historia de Gijón, explica finalmente Daniel Peribáñez, a parte de su reconstrucción, fue «el triunfo de la cultura del maíz y que empieza a atisbarse el futuro de Gijón como puerto de refugio y como puerto de reexportación de mercancías», poniendo las bases para un posterior desarrollo en el siglo XVIII, del que trata el séptimo tomo del coleccionable.