VÍCTOR RIVERA
Un gol descorcha siempre una explosión de júbilo. Es algo así como un chupinazo de emociones. Pero hay tantos que aportan algo más, que dejan en el paladar del espectador más avezado el regusto dulce de la belleza estética que tienen únicamente las obras de arte. Son los goles de autor, que también los hay. Un club modesto como el Sporting presume de un futbolista que lleva acuñadas un buen racimo de obras maestras, tan hermosas como trascendentes. A pesar de ser diestro, Diego Castro Jiménez (2-7-1982, Pontevedra) arranca siempre desde la izquierda para buscar la sorpresa a pierna cambiada. Un detalle que gusta mucho a los llamados jugones. Lo hacen Messi e Iniesta en el Barça, como ya lo hicieron en su día los extremos del «dream team» a instancias de Johan Cruyff.
Hoy en día todo el mundo del fútbol conoce a Diego Castro y tiene constancia de sus golazos. Es la repercusión que conlleva la Primera División. El último fue un penalti lanzado a lo Panenka con el que superó al veterano portero de Osasuna Ricardo y deshizo el empate que reflejaba el marcador. Los genios son así, capaces de inventar cuando a los demás se les encogen las piernas. Escapan de la eficiencia burocrática con la que el resto ejecuta el trámite de lanzar una pena máxima. El arte brota en cualquier esquina. Por eso, y porque ningún otro extremo de la Liga española ha sido capaz de firmar nueve tantos en lo que va de temporada, el nombre de Diego Castro está subrayado con trazo grueso en la agenda de algunos de los más importantes clubes del fútbol español. Sevilla, Valencia, Villarreal y Getafe han sucumbido a sus encantos. Su calidad es tal, que su fama ha trascendido fronteras y dos de los grandes de Portugal, Benfica y Sporting de Lisboa, también han llamado a su puerta. Mientras, el sportinguismo sigue con el corazón en un puño cada detalle de una posible renovación de su contrato.
Pero hubo un tiempo en que los goles de Diego Castro no tenían esta repercusión mediática. Fue la época en la que el interior gallego rompía cinturas en el fútbol de Plata y sólo unos pocos disfrutaban en secreto de su juego alternativo, que aún no había cautivado a las masas. Por aquella época llegaron el doble recorte en el área a De la Red y Adán en un partido ante el Castilla, el memorable túnel a Natalio justo antes de mandar un balón con acuse de recibo en la escuadra izquierda de Contreras en el Carranza o aquella rosca increíble que rodeó a Asier Riesgo en Anoeta en otra victoria por la mínima. Además de ser hermosos, los goles de Diego Castro suelen tener el valor añadido de convertirse en decisivos. Es muy poco habitual conjugar ambas características en un solo tanto. Fue por aquella época cuando revolucionó Youtube un vídeo titulado «O Maradona galego». Un montaje realizado por una ferviente admiradora que repasa algunos de sus mejores goles y quiebros al ritmo de la música gallega.
Desde muy niño, cuando corría por el patio del colegio Sagrado Corazón de Jesús, en Pontevedra, Diego Castro ya estaba señalado para el fútbol. Hijo del entrenador Fernando Castro Santos, se crió prácticamente con un balón en los pies. Pronto lo fichó la Agrupación Juvenil Lerez, hasta que se incorporó al juvenil de División de Honor del A Seca. Desde ahí saltó al Pontevedra que le dio la oportunidad de jugar en Segunda B con sólo 19 años y el resto es una historia conocida. Recaló en el Málaga B para jugar en Segunda y llegó a debutar en Primera con el conjunto costasoleño antes de terminar su contrato y llegar a Gijón con la carta de libertad bajo el brazo. Alguien en Málaga tendrá que dar explicaciones de por qué no quisieron renovarle.
Pero mucho de lo que hoy es Diego Castro se debe al que fue su gran amor de juventud: el fútbol sala. Durante años, Castro alternó el parquet con la hierba y llegó a ser un habitual en las categorías inferiores de la selección gallega de fútbol sala. Diego Castro era más feliz con las zapatillas de suela amarilla que con las botas de tacos y fue sobre el parquet donde perfeccionó muchos de los gestos técnicos que le han hecho grande, donde depuró su pasión por los túneles, su habilidad para pisar el balón hacia atrás o ese tiqui-taca eléctrico que le saca de tantos apuros. Cuando la cosa se puso seria, tuvo que tomar una decisión que marcaría su vida. Diego Castro desoyó a su corazón para escuchar el consejo de su padre y se pasó definitivamente al fútbol once. Lo que perdió el fútbol sala, lo ganó el Sporting. En Gijón vivió un ascenso, una permanencia, ha llegado a lucir orgulloso el brazalete de capitán y ha recibido de la afición El Molinón de Plata con que se acredita al mejor jugador de la temporada. La grada de El Molinón tiene pendiente saldar una deuda con el extremo, que carece de canción propia, mientras ha tenido que ver cómo se coreaba el nombre de compañeros que se lo merecían mucho menos.
Fuera del césped, Diego Castro es un futbolística atípico. Gran conversador y apasionado de los viajes y del cine, se arrepiente de haber dejado los estudios al llegar a COU. Al gallego le encanta conocer nuevas culturas e integrarse en los países que visita. En el séptimo arte le encanta la saga de «El Padrino», aunque considera más floja la tercera parte, o las películas dirigidas por Clint Eastwood. Su verbo fluido es una influencia de las mujeres de su entorno. Tanto su madre, como su novia son dos lectoras compulsivas. Diego Castro no desdeña los libros, aunque prefiere el cine. Con su chica, Eva Jurado, a la que se trajo de Málaga, mantiene una relación sólida que pronto dará frutos, como saben todos los que le han visto celebrar sus últimos goles. Incluso es probable que pronto pasen por el altar. Con lo que, en apenas unos meses, Diego Castro podría firmar los dos contratos más importantes de su vida.
Con 28 años ha alcanzado una madurez espléndida. Diego Castro es un hombre inteligente y sabe que ahora está en una posición de fuerza para negociar. Es su gran momento y, aunque es plenamente feliz en Gijón, tiene la ambición de los grandes. Como todos los genios, su talento se acompaña de descaro y por eso se ve capaz de triunfar en un equipo con mayores aspiraciones. El Sporting no renunciará fácilmente a sus goles y está dispuesto a sacrificarlo todo por amor al arte. Hay goles que son incunables.