J. C. GEA
Cuando las tardes están tan bordes como la de ayer me gusta darme un baño de barrio. Cualquiera me vale, pero por proximidad y porque se conserva casi a salvo de imposturas y cirugías plásticas, los pasos me suelen llevar por la tupida malla de El Llano hasta las zonas más escondidas de Ceares y las más altas de El Coto. Supongo que lo hago porque es una de las formas menos lesivas para terceros de revisitar mi infancia, que fue de barrio setentero. En esas calles encuentro siempre algún nuevo boquete en el espaciotiempo, del tipo de los que atraviesan por un lugar u otro todas las ciudades en las que uno ha vivido, e incluso algunas que ni ha pisado, y en los que alguien plantó hace por lo menos cuarenta años las mismas fachadas, tipos, bares, colmados, rótulos, tendederos y ventanas de salones con lámparas atroces; sólo que ayer me encontré con que hay muchos boquetes nuevos y con que los que había son mayores. La causa está clara: empieza a faltar dinero para mantener los telones con trampantojos que habíamos usado para cubrir lo que en realidad seguimos siendo.