FRANCISCO GARCÍA
Isabel y Mari Carmen, septuagenarias, vecinas de Pumarín, caminan juntas a tomar el café, cumpliendo la rutina de cada tarde. En un paso de peatones de García Laviana, al aguardo de que el semáforo anuncie el verde, una niña de 5 años, Carmen, que regresa de una clase de inglés aferrada a la mano de su padre, Emilio, llama la atención de ambas mujeres. Eva, que trabaja de informática en Avilés, para en la misma acera. No dejan de pasar coches. Hace poco que esta joven de 32 años ha sufrido un accidente de tráfico y llega con la hora justa a la cita con el fisioterapeuta. «Papá» -reclama la cría- «mira como hago patadas de kárate». La niña eleva su pierna derecha con ánimo de golpear a un adversario imaginario. Una de las dos mujeres, tal vez la que comparte con la pequeña el mismo nombre, Carmen, sonríe la ocurrencia infantil y le acaricia el pelo. El cielo es plomizo, sopla viento frío, el semáforo está en ámbar. Y sobreviene, imprevista invitada, la tragedia.