Entre la luz y la bruma que encandilaron a Monet y a otros impresionistas, Le Havre es el gran puerto industrial de París. La dársena normanda mueve unos 74 millones de toneladas al año (2,2 millones de teus) y es el centro de un gran complejo en el que destacan sus instalaciones petroquímicas. O la construcción mecánica que concentra Renault, además de ser una gran plataforma logística. Es la segunda rada francesa, después de la de Marsella.
Además de las nuevas relaciones portuarias que la ciudad normada ha establecido con Gijón, Le Havre tiene más puntos en común con Asturias. El gran arquitecto brasileño Oscar Niemeyer, premio «Príncipe de Asturias», ha sido uno de los dinamizadores de una urbe que quedó arrasada por los bombardeos aliados durante la II Guerra Mundial. Niemeyer empezó a construir en 1974 Le Volcan, un centro cultural que finalizó en 1982 y en el que se pueden encontrar líneas de contacto con la obra que ahora plantea para la ría de Avilés.
Le Havre forma parte junto con Rouen del llamado Gran París, un espacio demográfico y económico en el que viven unos 11 millones de personas. Situada en la orilla derecha del estuario del Sena, orgullosa de su puente de Normandía, no sólo es la puerta oceánica francesa, sino que sus 133 hectáreas son consideradas Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. Ese reconocimiento se debe al particular uso que la ciudad, con unos 230.000 habitantes, ha hecho del hormigón. La huella de Auguste Perret está en las líneas racionalistas que marcan la reconstrucción de una urbe que fue el objetivo de la aviación aliada por su potencial industrial, en manos alemanas durante la segunda gran contienda europea. Hitler llegó a concentrar 40.000 soldados en esta zona del noroeste francés. Situada a unas seis horas en ferry de las costas inglesas y a dos en tren de París, Le Havre es un cruce de caminos para la nueva Europa del transporte intermodal, en la que El Musel aspira a jugar un papel importante.