FRANCISCO GARCÍA
El Sporting estuvo anoche más cerca que nunca de poner una pica astur en la torre del homenaje de la Castellana, en el Flandes de un imperio donde hace una semana que se puso el sol de una gloria europea que se le resiste al florentinato. La escuadra gijonesa tuvo en sus botas la ocasión de sacudir el futuro inmediato de la Liga y el de algunos de sus protagonistas estelares, que quedaron en entredicho ante las cámaras. Con orden, solidaridad y orgullo, los rojiblancos estuvieron a un paso de asaltar el fortín de un líder de plastilina que camina sobre el hilo deshilachado de la cuerda floja, una orquesta sin director que se apoya en las bielas de Cristiano pero que practica un fútbol poco católico, más bien protestón y protestante. Durante sesenta minutos sujetaron con eficacia la brida del alazán, y sólo sucumbieron a la arrancada postrera del caballo, y a algunas más que cuestionables decisiones arbitrales. Anoche dio la impresión, una jornada más, que basta el soplido unánime de once animosos para derrumbar el castillo de naipes edificado sobre los cimientos poco fiables de un saco de millones.