J. C. GEA
La ciudad entera, sin distinción de sexos, ha entrado en primavera con una seria molestia escrotal. Una de las puñeteras; de esas que no toleran olvido y duran el día entero -si no más-, y que suelen ser el único recuerdo tangible de las fantasías sexuales demasiado vívidas y los calentones inconsumados. No hacía ni tres horas que habíamos cruzado la raya equinoccial cuando un balonazo que debería haber impactado en las gónadas de Rafael van der Vaart colisionó, en cambio, con los sensibles bajos del sportinguismo, desviado por las manos de este jugador con nombre de maestro de la pintura flamenca y las de un infausto colegiado que no en vano se apellida Paradas. Lo peor es que el bloqueo, desvío y subsiguiente balonazo se produjeron en un momento en el que el galán andaba rampante y medio ofuscado de puro primaveral; y en ese trance el golpe no sólo duele más, sino que derriba definitivamente cualquier esperanza de mantenerse erguido. Aunque lo peor en estos casos siempre venga después porque el orgullo es también una glándula expuesta, que duele aún más en frío.