J. C. GEA
Asturias dispone desde ayer de un centro de la memoria, en el sentido en el que se podría decir que el cerebro dispone de «centro de la memoria». Sólo que la memoria humana no se gestiona desde un centro definido, sino que anda dispersa por el mapa cerebral. Está en la naturaleza de la memoria ser fugitiva. El logro viene envuelto en ese efecto de justicia poética que se obtiene al transformar un edificio de reclusión y castigo en un lugar abierto desde el cual acceder a la experiencia registrada por un colectivo humano. Incluido aquel que se pretendió borrar de la memoria de sus congéneres. Una prisión es un centro de gestión del olvido, y más aún si llega a albergar presos políticos. Ahora el panóptico que permitía vigilar a los encerrados se hace de verdad panóptico: espacio arquitectónico completamente visible. Pero, por otra parte, también hay siempre algo ingenuo en estas empresas. Uno puede capturar memoria bajo la cúpula de una antigua prisión. Pero la gente también puede olvidarse de que está allí disponible, y al final, si no se visita, será lo mismo que tenerla encerrada.