J. C. GEA
Afirma el magistrado del Supremo Martín Pallín, que acaba de pasar por la ciudad para predicar la causa laica, que la justicia funciona «como el cuerpo de Bomberos». Es decir, como un «poder estático» que se limita a recoger los conflictos de la sociedad y resolverlos, del mismo modo que el bombero hace suyas y resuelve las emergencias. Como definición está bien: es didáctica, tranquiliza -miedo da la sola idea de que el que imparte justicia se eche a la calle con toga de combate y una medallita de San Charles Bronson- y, además, favorece a un poder en entredicho arrimando el símil a la noble e incuestionada efigie del bombero. Pero del reino de las definiciones abajo, las cosas aparecen mucho más confusas. A base, quizá, de malinterpretar conflictos sociales como gresca ideológica y porque el ser humano lo sigue siendo incluso entogado, el judicial resulta ser un poder tan maquiavélicamente activo como cualquier otro y los presuntos apagafuegos, guardianes de piras sagradas donde hacer barbacoa de carne del contrario sobre brasas alimentadas con resmas de tratados de Derecho.