J. C. GEA
Hasta que una urbanización de lujo los sepulte, los yermos de Naval Gijón son un agujero negro coagulado, colapso tras colapso, en el suelo de la ciudad. Un sumidero económico, social y emocional que revuelve el estómago de la villa y del resto de los contribuyentes de la región; los mismos que han ido asistiendo durante una agonía de décadas a la concentración en el astillero de tal densidad de calamidades, ineptitudes, pésimas gestiones, irresponsabilidades, maniobras turbias y dejaciones que les resulta imposible no verse engullidos de un modo u otro por semejante embudo de negrura. Por él no sólo se van con destino a ninguna parte los dineros públicos con los que ha habido que costear el cierre de una empresa privada (una idea insufrible para el ciudadano, asfixiado por la crisis): en su interior también se ha extinguido el fuego de un colectivo que, individuo a individuo, no merecerá reproches, pero que, en términos de clase, tendrá que plantearse qué historia cuenta de sí misma y se cuenta a sí misma, pues no hay épica posible en la negociación ni en el chantaje.