JOSÉ LUIS MARTÍNEZ
Nos resulta difícil, desde nuestra cultura urbana, entender el simbolismo de la imagen del pastor. El Evangelio de Juan nos habla de un personaje que adquiere el compromiso, incluso, de dejarse quitar la vida por las ovejas que le han sido encomendadas. El pastor está ahí, junto al rebaño, pasando frío o calor, pendiente de todo, atento, vigilante. Jesús es el buen pastor, creador de esperanza, camina a nuestro lado, aportando protección y fuerza a nuestro caminar, respetando nuestras peculiaridades personales. Entre Jesús y nosotros hay un conocimiento personal mutuo. No somos una masa indiferenciada e informe. Cada uno de nosotros no es uno más, sino alguien único e irrepetible.
La imagen del buen pastor ha dado nombre a toda la actividad y al dinamismo de la Iglesia. Los que estamos al servicio de las comunidades somos llamados pastores. El pueblo, con su cultura rural, sabe muy bien lo que significa ser pastor, la entrega que supone la atención exquisita del rebaño, que sabe distinguir y conocer a cada una de las ovejas, llamándolas por su nombre, que sabe conducir el rebaño hacia los escasos pastizales del desierto.
El pastor está ahí, junto al rebaño, pasando frío y calor, pendiente de todo. El pastoreo supone conocimiento, intimidad, entrega, comunión, responsabilidad de los que gobiernan, de los que tienen autoridad, de los que dirigen el rebaño, de los servidores de la comunidad. No deben fomentar el gregarismo, facilitando el legítimo derecho de pensar.
Jesús de Nazaret no es un pastor mercenario, a sueldo, que huye ante el peligro, abandonando las ovejas. Él da la cara, defiende a las más débiles, busca a la oveja perdida y comparte su alegría, cuando la encuentra.
Todos, en cierto modo, somos pastores de nuestros hermanos, responsables, guardianes de nuestros hermanos. Sería una tragedia que muchas personas que buscan un oído atento, una palabra de apoyo, un abrazo de perdón, una mano amiga, una sonrisa tierna, se encuentren con unas personas distantes, insensibles o quizá displicentes.
Una de las carencias más graves de nuestra sociedad es la ausencia de buenos pastores en los distintos sectores sociales. Buenos pastores en la política, líderes, que sean maestros de la verdad, de la honradez, leales, responsables y cercanos. Maestros de la palabra, periodistas, profesores, profesionales de los medios de comunicación y de la capacidad de juicio crítico, que no tergiversen ni manipulen. Padres de familia, que sean referentes de valores de honradez y fidelidad, que asuman el compromiso de educar a los hijos en el servicio y el respeto a los demás. Personas consagradas, que viven en el silencio y el anonimato de entrega a los demás, en las parroquias, las instituciones.