POR CUCA ALONSO
JOSÉ VICENTE ÁLVAREZ GUTIÉRREZ Párroco de Granda y vicario parroquial de Somió
Le llaman «Don Vi», y es omnipresente. Trabaja en las parroquias de Granda, de Somió, de San Lorenzo, en la capilla de la Virgen de la Providencia, en las Agustinas Recoletas, y alguna vez lo hemos visto por la basílica del Sagrado Corazón. Todos hablan bien de él, aunque su vida sacerdotal no ha sido un camino de rosas. Pese a las dificultades no tiene heridas en el corazón, sino una honda tranquilidad. Al encuentro con José Vicente Álvarez me condujo la necesidad de conocer qué hay detrás de Comunión y Liberación, un movimiento dentro de la Iglesia que ha adquirido cierta notoriedad últimamente al estar relacionado con el nuevo arzobispo de la diócesis asturiana, Jesús Sanz Montes. Aunque voces muy autorizadas aclararon que dicha relación es sólo de simpatía; el único vínculo de nuestro arzobispo lo establece su pertenencia a la orden franciscana. Pero una vez admitido este descargo, la curiosidad quedaba intacta.
Hijo único, José Vicente Álvarez nació en Pola de Laviana, donde aún conserva la casa de sus padres. De niño quiso ir al Seminario. «¿Quizá empujado por la familia?», le pregunté. «No, no, yo estaba convencido de mi fe; mi madre me apoyó, pero mi padre se opuso pese a ser un hombre muy religioso. También estuvo de mi lado el párroco, un verdadero santo». Seminarios de Covadonga, de Oviedo... «No era buen estudiante», reconoce. Acabó licenciándose en Filosofía en Buenos Aires, donde tenía familia, y en Teología en Roma. En esa ciudad oyó hablar por primera vez de Comunión y Liberación. Con una dispensa especial del papa Pablo VI, a los 22 años se ordenó sacerdote, también en Roma.
-Parecía ser su destino, la Ciudad Eterna...
-Sí, y podía haberme quedado, incluso estaba incardinado en ella, pero mi madre me reclamaba en Asturias; es natural, no tenía más hijos... Al regresar me nombraron coadjutor de la parroquia de Santo Tomás de Cantorbery, en Avilés, y allí conocí a Javier Gómez Cuesta, una de las personas que más admiro, por su formación, sus valores personales... Tiene gran prestigio dentro y fuera de la Iglesia. Después de seis años en Santo Tomás me mandaron de párroco a Casomera, en el concejo de Aller, donde pasé un tiempo muy feliz. La gente era estupenda, había un precioso río truchero... Era el tiempo de los grandes cambios políticos.
-Intuyo que fue usted un cura de izquierdas...
-Sí, entonces sí, luego ya no. En aquella época la Guardia Civil no me veía bien, pero pasados los años llegué a ser capellán del cuartel de la Guardia Civil en el Rubín. Tras los ocho años de Casomera pasé a San Julián de los Prados como coadjutor, y posteriormente asumí la parroquia de un barrio muy problemático, en Oviedo, la Natividad de Nuestra Señora. En esos diez años intenté crear la primera escuela de Comunión y Liberación, una experiencia donde se confronta la fe con la realidad del momento.
-¿Cómo nace Comunión y Liberación?
-Fue una idea del sacerdote italiano Luigi Giussani. Había sido profesor de la Facultad de Teología del Seminario de Venegono, y lo dejó para dar clases de religión en el Liceo Berchet de Milán. Allí, rodeado de jóvenes, vio la necesidad de profundizar con ellos en la fe cristiana estimulando su compromiso ético a través del testimonio integral de la profesión de cada uno. Era el año 1954, y el movimiento en seguida encontró respuesta. Incluso Juan Pablo II le habría de otorgar sus bendiciones. Creo que el postulado de Comunión y Liberación podría resumirse como un modo fascinante de proponer de nuevo el acontecimiento cristiano en sintonía con la cultura contemporánea, siendo capaz de orientar la existencia entera del hombre.
-¿Se mantiene hoy aquel carisma de sus inicios?
-Sí, sigue entusiasmando a quienes conocen la asociación. Luigi Giussani se dio cuenta de que el cristianismo permanecía lleno de buenos deseos, pero en estado abstracto, poco asequible para ser asumido en la vida cotidiana. Predicábamos, pero no éramos capaces de tocar el corazón de nadie. Era necesario el reencuentro con Cristo, una personalidad que fascina a todos, enamorable. Había que redescubrirlo, es muy fácil llegar a Él, hasta podemos tocarlo. Giussani no inventa nada, sólo retrotrae a Jesús a la actualidad. Al Jesús más humano, el que lucha contra el pecado, contra el dolor, la injusticia, la muerte... Soy capellán del Sanatorio Begoña y al asistir a la muerte de muchos enfermos veo que el cristiano concluye su vida muy bien, acepta su muerte. Por el contrario, a los no creyentes los asaltan las dudas, no te rechazan pero preguntan: ¿qué hago yo ahora?, sienten enorme angustia.
-¿Quiénes integran Comunión y Liberación?
-Su origen es exclusivamente laico, pero hay sacerdotes que participan del movimiento como simples beneficiarios al ayudarlos a renovar todos los días el amor a la Iglesia.
-¿Qué campos de interés prioritario postula?
-La familia como un valor único e insustituible. El trabajo, en cualquier especialidad o categoría. El cristiano no es un señor con traje, metido por las sacristías y de derechas, no; quienes limpian portales, arreglan bicicletas o nos atienden en los hospitales deben saber que sus trabajos, por humildes que sean, están contribuyendo a la verdad, son inmensos a los ojos de Dios. Dios se hizo hombre y esa humanidad nos alcanza y llega a todo. ¿Por qué acomplejarnos, si los cristianos medievales fueron capaces de construir catedrales a partir de su fe, con los medios más rudimentarios? ¿Y qué decir de la caridad infinita de aquellos misioneros que atravesaban el océano, vomitando, en una travesía de semanas?
-¿Se entiende bien la doctrina de Comunión y Liberación?
-Juan Pablo II sintetizó muy bien sus postulados: la liberación que el mundo anhela es Cristo, la verdadera libertad del hombre se da en la experiencia de la comunión eclesial, porque Cristo vive en la Iglesia.
-No parecen buenos tiempos para difundir ese mensaje...
-Es cierto, ¿pero cuándo lo han sido? A la iglesia, mientras esté metida en su casa sin hacer cultura, todo va bien. A los políticos les encanta que el trabajo social lo haga la Iglesia; que luche contra el paro, que ayude a través de asociaciones como Cáritas, que cure heridas sociológicas o combata el hambre... Pero cuando levanta la voz para denunciar el aborto o la corrupción moral, las cosas cambian.
-Me refería, más que a las dificultades políticas, a los recientes escándalos que están provocando hostilidad hacia Benedicto XVI...
-Yo conocí a Ratzinger vestido muy humildemente, en la plaza de San Pedro, con un portafolios en la mano, mirando al suelo. Me dijeron «tiene mucho poder dentro de la Iglesia, pero no se le ha subido a la cabeza». Y es cierto. Su pontificado es espiritual, está iluminando a la Iglesia. Ha sabido asumir sobre sus hombros la cruz de Cristo y nos enseña a los sacerdotes a llevarla, a aceptar que el pecado está en la Iglesia, pero también el perdón. No me refiero a los crímenes contra la infancia, no; éstos nos han hecho reflexionar. Cuando el pecado nos toca tan de cerca, nos sentimos avergonzados de esos casos concretos, pero ellos no son la Iglesia.
-¿Qué respuesta ha encontrado Comunión y Liberación en Asturias?
-Gracias a la familia Prades, se fue formando un pequeño grupo en la basílica del Sagrado Corazón. Son gente joven que tiene una forma distinta de ver las cosas, son capaces de relativizarlo todo; lo importante es la riqueza espiritual. Nuestra condición de pecadores es lo más grande al hacer que nos acerquemos al misterio en el que vivimos, al descubrir la misericordia de Dios, el perdón. Esa imagen del hijo pródigo abrazado a su padre sólo se entiende a través de la magnanimidad de Dios.
-Dicen que el actual arzobispo...
-No sólo simpatiza con Comunión y Liberación, sino con todos los movimientos de la Iglesia en general.
-¿Tiene un código de normas, la asociación?
-No, pero se aconseja una reunión semanal, el rezo del ángelus, hacer ejercicios espirituales una vez al año... Está participando en él gente muy joven; en Madrid, los mejores sacerdotes, más jóvenes y emprendedores están asociados a Comunión y Liberación.
-Volviendo a usted: se ha convertido en todo un gijonés...
-Ésta es una ciudad preciosa, para disfrutarla, en la que he encontrado verdaderos hermanos, como don Herminio y don Pío, párrocos de San Lorenzo y San Julián de Somió. Constituyen para mí un ejemplo de humanidad, entrega y servicio. Son santos.