FRANCISCO GARCÍA
Desperdiciar balas es defecto de tiradores errados. Al Sporting le salió ayer el tiro por la culata en la jornada marcada en el calendario para darle a un rival directo el tiro de gracia. Se va agotando la munición en la recámara justo cuando enfrente se sitúan equipos a los que sólo les queda una bala, que para tumbar a los rojiblancos acaba siendo de cañón. Aún hay colchón suficiente, pero el equipo empieza a pasearse peligrosamente por el abismo, sin atisbo de reacción. No me gustó la cara del míster que vi por televisión, ni el rictus crispado de las fotos de esta semana: se asemeja mucho al «rigor mortis». Dijo ayer Preciado, tras el último fiasco de una racha pésima, que contra equipos que se están jugando la vida y en los partidos en los que uno se juega mucho y el otro menos, casi siempre gana el primero. Según esa curiosa tesis, la reacción rojiblanca llegará cuando el trasero le empiece a oler a chamusquina. La afición, lo mejor de este club con diferencia, como reconoció Preciado en la previa, sólo pide que, de una vez, se ajuste el punto de mira y no haya que aguardar al responso de la bala postrera ni jugársela a la ruleta rusa.