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Cuando Daniel aprendió a atarse los zapatos

El primer alumno de integración escolarizado en los ochenta en un colegio público, un gijonés con lesión cerebral, repasa al acabar la Universidad los sucesivos retos que supuso su educación

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Daniel Rodríguez, en su habitación, ante el ordenador gracias al cual ha escrito su libro «Cordones para las zapatillas».
Daniel Rodríguez, en su habitación, ante el ordenador gracias al cual ha escrito su libro «Cordones para las zapatillas». marcos león
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A. RUBIERA
Daniel Rodríguez nació con el cordón umbilical enrollado al cuello y, a resultas de ello, con una lesión cerebral fruto de la falta de oxígeno que sufrió en los instantes del alumbramiento. Arrancarse a caminar, con 4 años, fue todo un hito en su vida. El primero de una larga lista de sorpresas que este testarudo gijonés le iba a ir dando, sucesivamente, a su familia, a sus terapeutas, a los médicos y también a la administración educativa asturiana.

Si importante fue en su vida empezar a caminar a trompicones, a hablar con dificultad o a leer y escribir con enorme sacrificio -esto último aún le cuesta tremendamente-, hubo mil detalles más que jalonan la infancia, la adolescencia y la juventud de Daniel. Como el día en que aprendió a atarse sin ayuda los cordones de las zapatillas. Lo consiguió cuando estaba en la guardería y de tan importante que fue ha dado título a su primer libro. «Fue un paso hacia mi independencia», relata Daniel con la voz singular que tienen muchas personas con lesión cerebral, que denota enorme esfuerzo pero que, en su caso, a base de no callarse nunca ha modulado y entrenado hasta hacerla perfectamente comprensible.

«Cordones para las zapatillas» es el trabajo en el que ha estado involucrado este gijonés durante el último año. Con 31 años, y concluida la carrera de Trabajo Social, aceptó la idea que le lanzaron sus profesores universitarios de trasladar al papel su evolución personal y formativa, labrada a partir de la firme decisión de sus padres de que se escolarizase, de forma normalizada, en un colegio público de la red asturiana. Nada de centros especiales. Nada de educación aislada. Su matrícula fue a parar a un colegio del barrio del Cerillero que a principios de los años ochenta se estrenó con la integración.

En 150 páginas escritas en el ordenador con dos dedos «porque, paradójicamente, escribir, que es lo que más me gusta en la vida, es lo que más me cuesta hacer sin ayuda», Daniel ha desvelado sus «reflexiones sobre la diversidad funcional». A lo suyo jamás lo llama discapacidad. «Me niego a que me encasillen por lo que no puedo hacer. Es denigrante».

Sus pensamientos más íntimos sobre quién es, hasta dónde ha llegado o podrá llegar, quién lo ha ayudado en el camino, y las emociones, sufrimientos y rechazos sufridos en el trayecto, están recogidos en cada capítulo. «He tratado de reflejar lo difícil que resulta para todas las personas con limitaciones funcionales llegar a tener una vida normalizada. Empezando por la educación», aclara el autor, que además de considerarse el primer alumno de integración de Asturias, sabe que fue el primero que eludió pasar de la ESO a módulos laborales -el tránsito más habitual de estos alumnos- y quien obligó a la Consejería a adecuar la planificación para que pudiera acceder al Bachillerato y superarlo, aunque fuera permitiéndole matricularse cada año de la mitad de asignaturas. Hasta tuvo que reclamar con orgullo y cabezonería un aula individualizada en selectividad donde poder dictar a su logopeda los exámenes, sin interrumpir ni desconcentrar al resto de alumnos con discapacidad (la mayoría sensorial) con los que lo habían agrupado. «No era justo para los demás, pero nadie lo había previsto», rememora.

Pero para Daniel todo empezó en la guardería. En aquella casona donde había una enorme escalera y donde, además de atarse los zapatos, también logró desarrollar una increíble habilidad «para subir la escalera gateando, peldaño a peldaño, y bajar sentado». Y haciéndolo, además, casi a la misma velocidad a la que sus compañeros subían y bajaban a pie.

«Con la ropa sucedió igual. Busqué la manera de colocarla de forma que, en un solo movimiento, metía los brazos y la cabeza. En cuanto a situaciones de apuro en el comedor delante de mis compañeros (de ningún modo quería correr el riesgo de derramar la sopa o el yogur), los solucioné afirmando muy seriamente: «La sopa no me gusta», «No como yogures»... «En pocos días la lista de alimentos "no-me-gusta" se hizo tan larga que optaron por avisar a mis padres. Así que no tuve otra opción que hacer equilibrios con la cuchara y exponerme a las risas», cuenta Daniel. Esas risas, sin embargo, no amargaron una etapa educativa feliz, de mucho descubrimiento, «en la que inicié la lucha por llegar a hacer las cosas que veía hacer a los otros. Aunque lo hiciera peor, lo intentaba».

Con la EGB llegó la etapa más oscura. «Fue una losa muy pesada sobre mí y sé que de no haber sido por el apoyo familiar y por el carácter inconformista y peleón que fui desarrollando durante aquellos años, no hubiera sido capaz de superarla», explica. Esa losa era, más bien, el mundo entero que separaba a Daniel de la mesa de sus tutores.

«Hasta 5.º de EGB estuve siempre en la última fila del aula, discriminado, porque nadie quería ni sabía darme clase. No estaban preparados para afrontar la diversidad funcional en el aula. Y lo malo es que creo que muchos docentes siguen sin estarlo ahora, veinte años después. Hacía dibujos y recortaba papeles todo el tiempo. Nadie se creía que yo tenía capacidades para estar allí y nada se me exigía. Mi madre luchó muchísimo hasta que un profesor, Aniceto, me dio la oportunidad de pasar a la primera fila y seguir el ritmo de la clase. El trabajo extra lo hacía mi madre en casa. Entonces empecé a hacer exámenes orales y seguí haciéndolos así toda la vida».

Daniel fue ganando, poco a poco, la batalla de la integración. Y en algún momento de su adolescencia, espoleado siempre por su familia, que le insistía en que sus limitaciones sólo podían combatirse educando la inteligencia, dejó atrás su pertinaz idea de que «acabaría la EGB y pondría un quiosco». Ahora sólo contempla la posibilidad de ejercer como trabajador social, su gran vocación descubierta. «No he sufrido tanto por llegar hasta aquí para renunciar ahora».

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