Luis Santamaría, la ironía surrealista

11.05.2010 | 10:03
Un hombre observa una de las pinturas de Luis Santamaría.
Un hombre observa una de las pinturas de Luis Santamaría.

Son 28 las obras que Luis Santamaría Pérez (Burgos, 1973) ha venido a exponer a Gijón. Lleva varios años afincado en Oviedo. Es autodidacta y se encuentra en el comienzo de su carrera, tras una exposición en Dublín y dos en Burgos. Entre sus obras hay algunos dibujos a lápiz o carboncillo. El resto son óleos de pequeño tamaño. No hace mucho que practica la pintura, partiendo de la fotografía. Lo hizo primero con retratos de personajes célebres, como Gabriel García Márquez, José Hierro o Eric Clapton, el guitarrista inglés llamado «mano lenta», compositor de rock y blues. Parte de una fotografía y dibuja con acierto fisonómico, dando al rostro una expresión particular, en este caso de ensimismamiento y cierta tristeza. Otros dibujos pueden servir de preparación para algunos cuadros.


Bien podemos decir que la mirada estética de Luis Santamaría se mueve alrededor de las corrientes figurativas, con aspectos cercanos al arte pop de los años 70 y la sociedad de consumo, pero no utilizando el color plano, sino pintando claroscuros y reflejos. A veces lo hace con cierta precisión cercana a las corrientes hiperrrealistas, en especial en sus pinturas de interiores, mejor si son cocinas o fogones. Le gustan los coches de aquella época, en especial el Dos caballos de la Citroën, pero sobre todo el famoso 600 de la SEAT, que hoy en día ya constituye un mito del desarrollo de los años 60 y 70 y la transición democrática, pues este coche está ligado a muchas historias de la gente de entonces.


Lo que más me gusta es su ironía, la crítica social que ejerce de modo tranquilo y a veces un tanto surrealista. En el aire pueden colgar una serie de tubos de colores sobre una anciana que toma el sol en la playa, indicando que ella misma se embadurna como si fuese una pintura, sin que por ello vaya a recuperar frescor juvenil alguno. Nada salvo el calorcillo de alivio de la vejez. El 600 vale para todo, incluso como grúa de arrastre de coches averiados, pero mucho no se debe de mover, pues se encuentra rodeado de cinco o seis mujeres que toman el sol echadas en toallas sobre la carretera, mientras el viejo López de «Grúas López» lee el periódico en espera de acontecimientos, al volante bajo una sombrilla. Esta transformación en playa de un servicio permanente de grúa en una calle destartalada, no deja de tener su gracia. Se ha sustituido la tertulia de la silla por la del bañador y la toalla, pero sin geranios en los balcones. Y ese preso desnudo y filosófico sueña con un 600 que viene a salvarle atravesando la pared de su celda. Vemos que a sus pies imagina un lecho de colores. O el interior con Leda y el cisne, trasunto de una aventura amorosa furtiva. Le gustan también al pintor las nadadoras en la piscina, los reflejos del agua, las señoras que recuperan el cuerpo jugando a waterpolo, con certera tendencia a caer de espaldas flotando a la deriva.

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