Crítica de arte

Pintura musical de Avelino Mallo

11.05.2010 | 13:35

Avelino Mallo (Langreo, dic 1956) llega con 17 años a la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, licenciándose en 1982 en la especialidad de pintura. Al mismo tiempo estudia música y toca la flauta travesera del siglo XVIII barroco. De 1984 a 1992 ocupa la cátedra de dibujo artístico que dejó vacante Magín Berenguer en la Escuela de Artes y Oficios de Oviedo. En 1993 toma posesión de su plaza de Educación Plástica y Visual en el IES de Sotrondio, donde sigue impartiendo clase hasta la fecha. Tiene su estudio en Sama de Langreo, frente a un viejo lavadero de carbón. Ganó el premio de Luarca en 1980. Ha expuesto en la Galería Vértice (1997 y 2002), en el Monasterio de Santa María la Real, de Aguilar de Campó (Palencia, 2006) y ahora en el Museo Evaristo Valle. Cuida al detalle sus catálogos. Este último está editado por Hércules Astur y lleva textos de Luis Feás Costilla, Lluís Xabel Álvarez y el propio pintor, que también escribe. En el anterior («A landscape thesis») firmó un comentario Javier Barón y dos poemas Joaquín Araújo.

Esta introducción es necesaria para que el público se enfrente a la obra de Avelino Mallo convencido de que en las paredes no cuelga nada casual. El visitante debe quedarse colgado ante los cuadros, empaparse de ellos, escucharlos, sentirlos. Son música para los ojos, delicadezas sublimes que se esconden tras una apariencia de sencillez. También se escondía Belmonte tras el capote y Cervantes tras los papeles enrevesados de los escribanos de su tiempo. Pero él los pasaba por el alambique, depuraba, destilaba. Música para los ojos, Lluís Xabel al piano y Avelino a la flauta. Los dos de Sama de Langreo, tan refinados ellos que no necesitan pedigrí de Oviedo, pues crecieron con las vivencias infantiles de los valles mineros, a veces amenos, a veces terribles y caliginosos. Vivencias de un tiempo y una vida que pasa demasiado deprisa, dejando por testigos escombreras, lavaderos, vías y torretas como juguetes de gigantes.

Paisaje destilado gota a gota. Todo está en la tela, que a la vez hace de pincel y de paleta. Sobre la tela se vierte el pigmento con agua y se va moviendo, gota a gota, hasta que cada oleada alcance su meta, su lugar, su definido propósito. Y luego, si quedó el color muy espeso, se añade agua para lavarlo, se añade otro color vertido para darle matices, se toca al final con un barniz, pero barniz de los que no dan destellos ni reflejos, así haya que remover las tiendas de pintura o los talleres de chapa de automóviles.

Le gustan a Avelino los formatos grandes de 2x2 metros. Pero aquí cuelgan 26 obras de 100x70 como media. Sólo uno grande. ¿Cómo consigue Avelino dominarlo, moverlo, ir guiando la pintura mediante la querencia del agua, del río que toma sus curvas y bajadas por la pendiente más propicia?

Porque no se trata del vertido salvaje e incontrolado, del bote de pintura que estalla contra la pared, de la escoba que mancha desde lo alto. Todo lo contrario. Pulso firme, esquemas prohibidos. Y ahí está el resultado, insinuado, hermoso, sugerido. El Nalón elevado a categoría poética, a veces oscuro en la base, compacto de aguas, trepando el vertido por laderas verdes y luces rosadas. Pinos del Huerna, montículos, jardines botánicos, auroras boreales, choperas, caminos, veredas, veneros y cascadas. Se oye sonar al viento, que dibuja en hierbas y retamas tan increíbles movimientos como en la espuma de las olas.

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